De la leche maternal al Asma

Por Patricia Vergara Aragón*

La leche en su composición contiene vitaminas, minerales, azúcares (lactosa), grasas (triglicéridos principalmente) y 30 proteínas de las cuales la alfa-lactoalbúmina es la proteína principal en la leche materna y la segunda proteína más abundante en la leche de vaca. Esta proteína es necesaria para ayudar al cuerpo a digerir la lactosa, brinda propiedades antioxidantes, mejora el estado anímico y fortalece el sistema inmunológico.

Se recomienda que al menos durante los primeros 6 meses de vida del bebé reciba la leche materna, y si esto no es posible, utilizar una fórmula de leche para bebés que se encuentre enriquecida con alfa-lactoalbúmina pues el propósito es imitar en la medida de lo posible la leche materna.

Durante la lactancia, cuando el organismo identifica una sustancia “extraña” (generalmente es una proteína) en algún alimento –lo que se conoce como alérgenos-, esto provoca una reacción que de inmediato produce defensas para detener la “invasión”.

La inmunoglobulina E (IgE) es un anticuerpo que reacciona ante la presencia de estas proteínas llamadas alérgenos, también reaccionan las células cebadas (células que se encuentran en el tejido conectivo laxo de todos los órganos), principalmente cerca de la microcirculación, de terminaciones nerviosas y vasos linfáticos. En la mucosa nasal, se encuentran cerca de la superficie, en los pulmones están por debajo de la membrana basal de los bronquios.

Después de la exposición al alérgeno, se puede encontrar células cebadas en el epitelio bronquial. Los basófilos (células sanguíneas) también reaccionan ante la presencia de alérgenos y al ponerse en contacto con las IgE, liberan histamina y otras sustancias, produciendo los síntomas característicos de una reacción alérgica, llegando a desencadenar accesos de asma.

El asma se produce cuando los activadores provocan la inflamación de los tejidos en los pulmones, lo cual dificulta la respiración. La alergia alimentaria es una reacción adversa a un alimento o a uno de sus componentes e involucra la participación del sistema inmune del organismo.

Tienen mayor riesgo de desarrollar una alergia alimentaria los niños con antecedentes familiares (padres y/o hermanos) y aquellos que tienen niveles elevados de inmunoglobulina E en la sangre. Por otra parte, la introducción de cereales con gluten y presencia de animales domésticos, son factores que pueden generar una mayor sensibilización.

Se sabe además que el 40 por ciento de niños con dermatitis atópica moderada o grave tiene una alergia alimentaria. Algunos niños con gastroenteritis alérgica presentan reflujo gastroesofágico, cólicos frecuentes después de comer, llanto, nauseas, vómito, diarrea, rinitis alérgica y retraso en el crecimiento.

Los síntomas de la alergia alimentaria difieren de persona a persona y generalmente comienzan a los pocos minutos (incluso horas) de haber ingerido el alimento que provoca la reacción. Algunos niños con alergia a la leche también presentan alergia a las carnes rojas, caldos de carne, sopas de sobre o enlatadas y a embutidos (longanizas, salchichas, mortadela, chorizo, salchichón, etc).

 

Un correcto diagnóstico implica un exhaustivo examen clínico, profundizando en las manifestaciones semiológicas relacionadas con alergias alimentarias. Pruebas cutáneas, de fácil realización, relativamente económicas y con resultados útiles en pocos minutos, aunque negativas si las reacciones adversas no están mediadas por IgE. Pruebas in vitro en las que se utilizan isótopos o métodos de enzimo-inmuno-análisis (CAP-RAST o ELISA) que detectan IgE específicas circulantes.

La determinación de los niveles séricos de IgE e IgG específicos o la relación por cociente IgE/IgG tiene valor predictivo, de manera que un valor elevado de este cociente al comienzo del desarrollo de ciertas alergias se asocia con una curación más rápida.

 

*Potenciano García, H. Carpio Medorio.

Facultad de Medicina UNAM y Universidad Juárez Autónoma de Tabasco

 

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