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El amor en los tiempos de Trump

Una mirada desde México al nuevo tsunami de odio que recorre el mundo.

México es un país con un particular vínculo con las tragedias.

Cuando el celebre meteorito que provocó la extinción de los dinosaurios impactó nuestro planeta, la devastación comenzó, justamente, con la creación del Golfo de México. Millones de años después, en el mundo prehispánico, el culto a la muerte y los sacrificios humanos eran parte de la cultura dominante. Con La Conquista llegó el racismo y el exterminio, sobre todo por enfermedad, de la inmensa mayoría de la población. Tres siglos después, en la Invasión de 1847, el país perdió poco más de la mitad de su territorio. Y ni hablar de La Revolución, que costó la vida a cerca de un millón de personas.

Desde esa perspectiva, el arribo a la Casa Blanca del Presidente Donald J. Trump no representa ciertamente el fin del mundo. Y sin embargo…

Siendo cierto que la victoria electoral de Trump es parte de un tsunami global de rechazo a la globalización económica, marcado en diversas regiones por un populismo de derecha extrema en el que aislacionismo y xenofobia son sus banderas favoritas, y reconociendo que los exabruptos del nuevo Presidente de Estados Unidos han generado temor en buena parte del planeta, es México donde más angustia y preocupación ha generado.

“Vamos a comprar productos Americanos y vamos a Contratar Americanos”. Con esas pocas palabras de su discurso de toma de posesión, Trump busca una victoria fácil a costa del vecino pobre del sur.

Tanto el muro de 3000 kilómetros a todo lo largo de la frontera sur, como la amenaza de sacar a Estados Unidos del Tratado de Libre Comercio de America del Norte (el nunca apreciado Nafta), son los dos primeros golpes con que el nuevo personaje en control del mayor arsenal nuclear de nuestro tiempo busca iniciar su “revolución” a la medida de ese segmento de la población con poca educación, económicamente mediocre y culturalmente amargado al Mr. Trump le llama “El Pueblo”.

Poco más compleja, pero igual inminente, será la ofensiva social con profundo tufo fascista con que su desplante de “America first” hará de la persecución a los migrantes —y en muchos sentidos a las minorías, el catalizador de una regresión social en la dirección de la verdad propuesta detrás de su slogan principal: “Make America white again”. Por cierto, una propuesta absolutamente imposible, pues más allá de sus profundos prejuicios en contra de los Mexicanos —“violadores y criminales”, según Trump—, la realidad es que de los 55 millones de personas que conforman el universo Latino en Estados Unidos, solamente poco más de un 10 por ciento podrían ser definidas con la etiqueta “illegal aliens”, que, para Trump y los suyos es otro termino en código para referirse a los “Mexicans”.

En todo este contexto, desde México, desde la visión miope de sus grandes medios de comunicación y egoísmo extremo de su clase política, el tema Trump se ha reducido a tres grandes miedos: el valor del peso frente al dólar, un terror visceral ante la posible cancelación del TLC (un acuerdo comercial que en más de 23 años nunca logró tener un significativo respaldo social), y “el Muro de Trump”, más como un símbolo de una humillación nacional que como barrera a la migración indocumentada, pues desde el 2007 son más los mexicanos que regresan que los que se van para “el otro lado”.

Afectado por una debilidad endémica el Gobierno del Presidente Enrique Peña, con su 12 por ciento de aprobación es una difusa caricatura de aquellas Presidencias imperiales —como la de José López Portillo o Carlos Salinas de Gortari—, que agitaban las banderas del nacionalismo revolucionario a conveniencia personal propia de la era de los grandes Tlatoanis sexenales en que les toco gobernar.

Más allá de abrirle las puertas de Los Pinos al candidato Trump, la respuesta del gobierno ha sido una retórica simplona con una difusa oferta en el sentido de que va a proteger los derechos de los mexicanos radicados en Estados Unidos y que los ayudará cuando las deportaciones masivas comiencen. Con una campaña de publicidad de muchos millones de pesos —!que se transite en los medios mexicanos!—, el gobierno promete que los consulados, ahora sí, van a contestarles sus llamadas telefónicas. Y no mucho más.

Proyecto cumbre de la visión de modernidad del Salinismo, a casi un cuarto de siglo de su inicio, el TLC será “renegociado” en un momento en que la interdependencia entre las economías de ambos países es muy clara, aunque para México signifique que una gran parte de planta productiva haya sido orientada a las exportaciones, hacia Estados Unidos

A diferencia de 1993 en que desde Washington cuando se aprobó el Nafta como una especia de garantía para asegurar que México se mantendría como una economía abierta, y alejada de opciones populistas, en este 2017, el gobierno mexicano lleva décadas presumiendo las bondades de la globalización y buena parte de su clases medias están profundamente enamoradas del llamado Sueño Americano (sobretodo en lo que hace el consumismo desaforado y las actitudes propias del capitalismo salvaje). Es Estados Unidos donde el populismo, nacionalismo exacerbado y el aislacionismo han tomado las riendas del país.

Aunque, vale anotar que Trump es un presiente de minoría, pues perdió el voto popular por un margen de 3 millones de votos. Inicia su mandato con los menores niveles de aprobación de la historia registrada. El repudio a su Presidencia comenzó desde la misma noche del martes 8 de noviembre y aunque se expresa en la gran mayoría de los países del mundo, sus voces más encendidas se escuchan en las calles del mismo Washington D.C. Nueva York, Chicago, Los Angeles y muchas más ciudades americanas. Y por los siguientes 4 (u 8 años) muy probablemente las protestas serán cosa de todos los días.

Así las cosas, y considerando la fragilidad conceptual e incluso racional de sus promesas de campaña, parece claro que serán, la retórica y acciones efectistas, las principales herramientas del Presidente twitero. Vale anotar que su principal blanco, al que promete “exterminar de la faz de la tierra”, ese “extremismo islámico radical” que buen puede ser expresado en cualquier persona que vista al estilo del medio oriente, tenga la piel morena y profese su fe en Alá. Y aunque en México es casi seguro que no se entenderá asì, allí podría estar el gran desafío de nuestro tiempo. En la misma línea del pensamiento de Bertrand Brecht… “primero vinieron por los comunistas y yo no hice nada porque no era comunistas… “.

¿Y el amor? El amor sigue ahí. En México la pobreza, la corrupción, la violencia han sido realidades centenarias. En la pista del Laberinto de Soledad de Octavio Paz, en el México profundo el sufrimiento ha formado parte de la propia identidad del mexicano. Igual que la fiesta y el amor.

En desafío abierto al mal humor social del momento actual, casi invariablemente los mexicanos están muy arriba en todas las mediciones de felicidad (también Corea del Norte, ciertamente). Aunque sea al modo mega dramático de José Alfredo Jiménez, el mexicano es un pueblo alegre. El humor ha sido siempre un gran recurso contra la adversidad. Sea la versión tropicalizada del Valentine´s Day o en forma de Memes, la fuerza festiva de los mexicanos ha permitido sortear muerte, guerras y a nuestros propios gobiernos.

De cara al impacto en México del tsunami anti-sistema que impulsa el tercer gran movimiento tectónico en las estructuras sociales y económicas del planeta en los últimos 100 años, los mexicanos se refugian hoy en la fiesta y las pequeños momentos de amos que se pueden descubrir en la vida cotidiana. Es el amor, no en los tiempos del Cólera, pero sí en los tiempos de Trump.

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