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Entran a una cantina un “payaso” y un “perdedor” …

 

Podría ser divertido.  Si en un asilo para ancianos comienza un zafarrancho entre el abuelo Donald, amargado y brabucón, y el abuelo Joe, el de la sonrisa rara, las posibilidades de un desenlace de comedia son casi infinitas.

Pero no lo es. El duelo de gritos, insultos e interrupciones convirtió el primer debate presidencial del 2020 en un patético espectáculo que evidencia la profunda crisis política de la democracia estadounidense.

“Payaso” y “cachorro de Putin” en palabras de su contrincante demócrata, el presidente Donald Trump se estrelló con un muro y no logró, por primera vez en años, aplastar a su rival en un show de televisión.

“Perdedor” y “mentiroso” en palabras de su rival republicano, Joe Biden le habló directamente a la cámara, y a tropiezos por su dislexia, se concentró en transmitir una emoción: empatía.

Desde la ciencia política el análisis básico diría que un debate celebrado a poco más de 5 semanas de la jornada electoral y fue visto por casi 90 millones de personas que concluye sin un ganador claro, favorece las posibilidades de triunfo del candidato que va arriba en las encuestas: Biden.

Tanto durante el debate, 90 minutos de atropellados choques entre el anciano gruñón que persigue a bastonazos a quienes se atreven a pasar frente a su casa y el abuelo con apariencia de bonachón, pero que también sabe enojarse, como en el post-debate –una colección de video clips que inundaron las redes sociales–, los equipos de campaña hacen hasta lo imposible por construir una narrativa según la cual su candidato logrará ganarse al pequeño segmento de los ciudadanos –alrededor de un 10%–que aún no han decido su voto.

Es muy probable que ninguno de los dos lo logrará. Como casi siempre, en el mundo real la elección no se decidirá en “el aire” (el ruido mediático), sino “en tierra”, esto es, en el trabajo de los operadores políticos en un puñado de estados, principalmente Pennsylvania.

Con esporádicas interrupciones de los periodistas que todavía no se han dado cuenta que desde el 21 de septiembre de 1960 –el debate Kennedy vs. Nixon–, los debates no sirven para contrastar ideas y mucho menos propuestas de gobierno, la batalla en el semi vacia arena deportiva en Cleveland, Ohio sirvió para contrastar las personalidades públicas de los dos contendientes.

Y ciertamente ambos candidatos fueron efectivos en proyectar el tipo de liderazgo que ofrecen para los próximos 4 años. Trump, muy articulado, agresivo, con desplantes de supuesta grandeza y una enorme capacidad de construir una burbuja retórica según la cual él tiene responsabilidad alguna, ni con el hecho de que más de 200 mil estadounidenses hayan muerto de Covid-19, ni con la creciente violencia racista o la peor crisis económica del país en muchas generaciones.

En sentido contrario, Biden reforzó su imagen de conciliador, de ser alguien preocupado por la injusticia económica y social y la destrucción del medio ambiente; una persona normal, pero con la experiencia necesaria para volver a unir a un país cada día más fracturado.

En esa línea –la de las propuestas emocionales–, la pregunta obligada es muy simple: ¿Con quién de los dos preferiría usted –sí, usted lector(a)—sentarse a tomar una cerveza?

A pesar del obvio intento de escape de los intelectuales –“ninguno de los dos” –, en el mundo real, uno de ellos, Trump o Biden, despachará desde la Casa Blanca durante los próximos 4 años.

 

 

 

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