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 Trump rumbo al fracaso

Justo en 13 meses la sociedad estadounidense enfrentará una verdadera disyuntiva histórica: retener por 4 años más a Donald Trump en la Casa Blanca, o despedirlo de una posición en la que ya ha causado demasiado daño, tanto a su propio país como al resto del mundo.

Formalmente serán alrededor de 255 millones personas quienes podrán tomar la decisión en la jornada electoral del martes 3 de noviembre de 2020. En los hechos, como ha ocurrido casi siempre en el pasado, en realidad apenas entre 135 y 140 millones de ciudadanos acudirán a las urnas; esto es, 4 de cada 10 habitantes de la nación que por más de un siglo ha sido la mayor fuerza militar y económica del mundo. Muy pocos –menos del 2 por ciento de la población global–, si se considera la influencia que Estados Unidos aún mantiene en temas ambientales, políticos y culturales del planeta.

Se quede como Presidente hasta el 2024 o sea echado del cargo, poca duda cabe de que el factor Trump detonó ya una serie de transformaciones en el ejercicio del poder: la reivindicación de la exclusión y el egoísmo como valores de gobierno, en directa confrontación a la retórica sobre libertad y democracia que tanto sirvió a la promoción de los intereses de este país alrededor del mundo.

Más allá del ruido propio del inminente inicio  de las campañas electorales, como sucede en todos las elecciones en que el presidente en turno busca la reelección, la próxima será, sobre todo un referéndum.  Trump o no Trump es, sin duda, la cuestión.

Empresario inmobiliario, estrella del mundo del espectáculo, Trump ganó la Casa Blanca en 2016 a pesar de no contar con experiencia política alguna. Lo consiguió gracias cuatro factores centrales:

  • Fue capaz de reconocer la frustración de millones de personas que se ven a sí mismas como víctimas del proceso de globalización económica de las últimas décadas; el mismo que tuvo en el propio gobierno de Estados Unidos y sus grandes empresas a sus principales promotores y beneficiarios.
  • Ante la amplia percepción de que la clase política tradicional se apoderó de Washington –el mundillo burocrático Inside the Beltway–, convirtiéndolo en un pantano de corrupción e incompetencia, Trump supo aprovechar rasgos centrales de su personalidad –egocéntrica e histriónica–, para aplastar a la anquilosada élite del Partido Republicano. Y ante el mejor ejemplo de la democracia dinástica de las últimas décadas –la candidatura de Hillary Clinton–, supo proyectarse como el gran outsider capaz de vencer al viejo establishment.
  • El mismo campeón de la autopromoción y la post-verdad, Trump ha logrado capitalizar mejor que nadie pronunciada crisis, tanto económica como de credibilidad, de los medios de comunicación tradicionales. Después de Barak Obama, ha sido quién mejor ha aprovechado la revolución digital y su expresión en la Social Media. Desde su cuenta de twitter, a cualquier hora del día o de la noche, tiene una comunicación “directa y personal” con casi un 20 por ciento de las personas adultas en Estados Unidos.
  • Sea por la habilidad o falta de escrúpulos de su equipo de apoyo –que incluye a la mafia de los hackers rusos y los servicios de quienes supieron usar Facebook como una herramienta para la difamación y el engaño, Trump logró un nivel de focalización de su mensaje en un pequeño universo de votantes que le permitieron obtener una apretada mayoría en los colegios electorales de algunos estados del llamado Rust Belt (Pennsylvania, Ohio, incluso West Virginia), que fueron suficientes para que el tercer lunes de enero de 2017, con el brazo derecho extendido hacia el frente y el puño cerrado, proclamara frente al Capitolio el triunfo de su promesa de “Make America great again”.

 

El nuevo mundo

Con una capacidad propagandística comparable con la que tuvo el Tercer Reich en sus mejores momentos, Trump ha sabido construir su propia retórica de triunfo. “El mejor presidente de la historia”, dice, ha logrado mantener un crecimiento económico nacional en un contexto de desaceleración internacional; aunque basado en ensanchar la inequidad económica entre los mega ricos y el resto de la sociedad y el abandono de la solidaridad social como valor fundamental de una nación que por mucho tiempo fue modelo en equidad de oportunidades que le llevo a tener una enorme clase media.

Presume también, desde la lógica del aislacionismo que lo define, que en estos años Estados Unidos no se ha involucrado en ningún nuevo conflicto armado. Si bien, se dice convencido de que las “guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”; ello a pesar de sus grandes derrotas ante China –hoy la economía más grande del mundo–, y numerosos intentos de ganarse la gracia de algunos de los enemigos históricos de su país: desde Vladimir Putin, el ex agente de la KGB, hasta Kim Jong-un, el líder norcoreano, heredero directo de una dinastía de dictadores creada personalmente por José Stalin.

Capaz de vivir permanentemente en el escándalo, el personaje que dice que sería capaz de asesinar a balazos a alguien en plena Quinta Avenida de Nuevo York sin perder el apoyo de sus fans, Trump lleva tres años siendo el presidente más impopular de su país.

Sin haber obtenido la mayoría del voto ciudadano (debido al sistema de elección indirecta llegó a la Casa Blanca con el 47 por ciento de los votos), el Presidente Trump ha sabido mantener el respaldo del principal grupo que lo llevó al poder, los hombres blancos mayores de 65 años (sobre todo evangélicos del centro del país), los cuales, según todas las tendencias previas, representan una tercera parte de las personas que sí votan.

El discurso “nacional-populista” de Trump se puede entender como un esfuerzo de mantener esa base de respaldo, o también como la visión natural de un personaje que refleja la propia historia personal que le toco vivir como junior de una familia de privilegio en el Nueva Jersey de los años 40’s del siglo pasado.

En cualquier caso, su abierto desprecio a las mujeres, a los inmigrantes (latinos o que profesan la religión del Islam, para él parece no haber mayor diferencia) y rechazo a cualquiera que no refleje su propio perfil (macho, anglosajón, adorador del dinero y la fama), han sido mucho más que banderas electorales.

 

Aunque su promesa de un “gran muro” de 2,000 millas de extensión a lo largo de toda la frontera con México se ha concretado en unas cuantas millas de una valla de remplazo en el sur de California, y su amenaza de expulsar del país a 11 millones de “bad hombres”, “violadores” y “criminales”, así como su intento de prohibir la entrada a cualquier musulmán, han sido severamente frenados por diversas instancias judiciales, ese tipo de detalles no le han impedido en proclamar la victoria de una importante cantidad de posiciones de un mal disimulado racismo que su retórica impulsa.

“Uso a México para defender nuestra frontera”, dice Trump, en referencia a su efectivo chantaje que obligó al gobierno mexicano a destinar 27,000 militares a dedicarse a detener la migración, sobre todo centroamericana, hacia el norte.  Algo similar ha logrado Trump con su otra gran promesa: destruir el NAFTA. Aunque luego celebró con México y Canadá un nuevo acuerdo muy similar al “peor acuerdo comercial de la historia de la humanidad”, el cual probablemente no será ratificado por el propio congreso estadounidense.

En cualquier caso, gane o no la reelección, seguramente Trump seguirá declarándose como un gran ganador. El notable crecimiento de movimientos neo-nazis y de extrema derecha en varios países europeos, desde Polonia al propio Reino Unido, el fortalecimiento de liderazgos políticos populistas y autoritarios en Brasil, Turquía, así como el continuo fortalecimiento en muchos lugares del mundo de las herramientas de comunicación para distorsionar hechos y difundir mentiras, bien podrían considerarse como síntomas del fenómeno Trump.

 

Con o sin impeachment

De vuelta a las urnas. Después de lo ocurrido en la elección presidencial pasada, cuando todas las encuestas y los análisis científicos de los expertos más prestigiados daban a Hillary una probabilidad de triunfo cercana al 100 por ciento en la mañana misma de la jornada electoral, parece poco sensato ocuparse de pronósticos; quizá a eso de las 10 de la noche del martes 3 de noviembre del 2020 sea un buen momento para comenzar.

Es cierto que en un “escenario normal” –whatever that means–, la dinámica de los últimos años permite suponer que Trump seguirá ocupando la pista central del circo de la política.  La propia revelación de sus intentos de utilizar al gobierno de Ucrania para golpear al hijo de Joe Biden (su más probable contrincante electoral), parece garantizar el la polarización seguirá siendo parte del día a día, al menos hasta el día siguiente a las elecciones.

Las posibilidades reales de que progrese un juicio político por lo que parece un claro caso de “traición” son muy reducidas, pues los republicanos siguen siendo mayoría en el senado y hasta ahora nunca se han insubordinado contra su líder de facto.

Según el mismo “escenario normal”, desde principios de siglo la propia demografía del universo electoral favorece al partido demócrata –cerca de 20 millones de latinos podrían votar, probablemente dos terceras partes lo harán. Si bien la estructura misma del Colegio Electoral sigue favoreciendo al partido republicano –debido a la manera en que un número importante de congresos locales redefinieron los límites de los distritos electorales.

Es perfectamente posible un escenario en que quién sea capaz de obtener unos 70 millones de votos ganará la Casa Blanca (dependiendo, por supuesto, de su impacto específico en estados con antecedentes de cambiar de preferencia, tipo Ohio, Pennsylvania y Florida.  Por lo demás, parece poco creíble que los ciudadanos de ambas costas dejen atrás su preferencia por una candidatura demócrata. Ni la Costa Oeste con una fuerza laborar cercana a la economía digital de servicios, ni en la Costa Este, con su importante presencia de grandes conglomerados financieros de dimensión necesariamente internacional.

Lo mismo podría suponerse de la parte sur y centro del país, donde la inequidad económica ha crecido y resulta más o menos fácil  recurrir a la clásica formula de utilizar de alguna minoría, como los inmigrantes, como chivo expiatorio de todos los males, reales o imaginarios.

Como una especie de referente histórico se pude recuperar lo que ocurrió en California en los años 80’s, cuando un candidato republicano, Pete Wilson, logró recuperar 20 puntos de desventaja en las encuestas para, con la tristemente célebre Iniciativa 187, ganar la gubernatura. Debido a que diversas cortes revelaron el carácter discriminatorio y anti-inmigrante de sus propuestas, la 187 nunca entró en efecto y Wilson no fue reelecto. Además, la aventura ayudó a que el Partido Republicano perdiera el estado más grande del país durante décadas.

En cualquier caso, lo parece ineludible es que en la próxima elección presidencial todo girará en torno a la peculiar personalidad del presidente Trump y sus misiles vía twitter.

Y aunque formalmente serán los ciudadanos quienes tomen la decisión final, el jaloneo entre los grupos de poder –dentro y fuera del país–, así como la capacidad técnica de los equipos de campaña, definirán los parámetros en que se formulará la pregunta central durante la jornada de ese martes 3, “¿Trump se queda 4 años más o será despedido?”.

Al día siguiente, pase lo que pase, se antoja más o menos imposible supones que Mr. Trump sea capaz de reconocer algún tipo de fracaso. En todo caso, la evaluación implicará descubrir el verdadero alcance del retroceso que la era Trump representó.

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