Un nuevo México

Por César Romero

19 de Setiembre, otra vez

Algo tiene México con el tema de los desastres y las tragedias. Y no se trata de Donald Trump, o su cleptocracia. Tampoco se trata únicamente de las viejas cicatrices por el despojo de la mitad del territorio nacional. Va más allá de su propio nacimiento como país moderno luego de una brutal Conquista que, a sangre y fuego, impuso la cruz y la versión más conservadora del cristianismo, la religión católica. Incluso va más allá de la leyenda del águila devorando a la serpiente como despegue de un imperio guerrero que celebraba arrancarle el corazón a sus enemigos.

En sentido estricto, el imán para atraer grandes catástrofes funciona desde unos 300 millones de años cuando aquel gran meteorito que formó el Golfo de México impactó el planeta y provocó la extinción de los dinosauros. En otras palabras, México y sufrimiento son dos conceptos que van de la mano.

Y sin embargo, el nuevo sismo del 19 de septiembre –que sacudió el centro del país exactamente 32 años, 5 horas y 55 minutos después del sismo del 85, el cual que mató a unas 12 mil personas y marcó a toda una generación–, siendo una historia trágica, también representa la liberación de una energía social que se expresó en una solidaridad increíble de la sociedad civil, sobre todo desde ese enorme segmento de la población denominado como los Millenials.

Acusados de egoístas, perezosos e interesados solamente en ver videos y chatear desde sus celulares, miles y miles de jóvenes universitarios salieron a las calles y, en muchos sentidos, más meritoria que la excelente respuesta de las dos principales instituciones del Estado en estos momentos de crisis: la Marina y el Ejercito Mexicano. Desde el primer instante, fueron los jóvenes quienes formaron enormes cadenas humanas para rescatar sobrevivientes, recolectar ayuda material, y ayudar en todo tipo de trabajo a los miles de damnificados por este sismo, y el ocurrido 12 días antes –el mayor en intensidad en más de un siglo–, en las costas de Oaxaca y Chiapas.

Si desde el punto de vista geológico un sismo se expresa como la liberación de enormes cantidades de energía como resultado de la interacción de las placas subterráneas de la corteza terrestre, desde una visión humana y social, los sismos de septiembre bien podrían marcar la explosión de un gran proceso de cambio capaz de levantar un nuevo México desde los escombros del país en que la corrupción endémica de sus gobernantes y la apatía tradicional de su ciudadana, den paso a escenarios de mayor solidaridad, justicia e inclusión social.

¿Y qué paso el 19 de septiembre de 1985?

Reconociendo que la inmensa mayoría de quienes hoy tienen menos de 40 años de edad no habían nacido, o eran casi bebés cuando ocurrió el terrible suceso, vale la pena recordar algunos hechos básicos que podrían ayudarte a entender por qué, los que sí lo vivimos, consideramos las 7 horas con 19 minutos de esa fecha, como un verdadero parteaguas en nuestras vidas.
Por supuesto, sabes bien que se trató de un temblor de gran magnitud, 8.1 grados en la escala de Richter, y que en la Ciudad de México se cayeron una cantidad importante de edificios y “muchísima” gente murió.

El hecho es que, aunque la cifra oficial de muertos fue de 3,192, otras estimaciones serias señalan que entre 10 mil y 20 mil personas perdieron la vida durante el sismo y su réplica principal que sucedió al anochecer del día siguiente.
Probablemente has visto imágenes de un conductor de Televisa (Jacobo Zabludovsky) que salió a las calles a hacer la crónica radiofónica sobre la destrucción de las oficinas centrales de la televisora para la que tanto tiempo trabajó.
En esa época la telefonía celular no existía, y para colmo de males, durante el temblor se derrumbó la principal terminal de Teléfonos de México -que en ese entonces era una empresa del gobierno— por lo que la conexión, que todavía era de marcación de disco, entre México con el resto del planeta fue casi nula.

Además, el temblor ocurrió cuando el país estaba concluyendo su preparación para ser sede del evento deportivo más visto en el mundo: la Copa Mundial de Futbol México 86, que, por cierto, también organizaba Televisa. Por ello, es entendible que durante las primeras horas y días que siguieron al temblor, mucha gente de otras ciudades y países hayan creído que la capital del país había desaparecido del mapa.

A lo mejor te han contado que ese día nació la sociedad civil en la capital: mientras el gobierno se quedó paralizado, una inmensa cantidad de personas se volcaron a las calles para escarbar entre los escombros y rescatar a quienes todavía respiraban. Ese día y unos pocos más, la gente común, con una solidaridad muy real, tomó el control y creó enormes cadenas humanas para llevar ayuda a los damnificados.

Fue una experiencia crucial para quienes, como estudiantes, vivimos el temblor del 85. Fue en ese despertar cuando conocimos el rostro de una ciudadanía activa, participativa y crítica. Mientras las autoridades se escondían y luego comenzaron a traficar con la ayuda que llegaba del exterior, los ciudadanos de a pie rescatamos aquella ciudad.
Poco más de un año después –motivado por otros temas—, la UNAM se fue a una huelga que contó con una amplia empatía ciudadana. También es cierto que, a dos años de distancia, desde un departamento localizado detrás del Estadio Olímpico de CU, nació la primera candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia de México. Con esa misma ola encabezó el movimiento electoral de 1988 que sacudió al país y cimbró la legitimidad del viejo sistema. También con esa misma generación al frente, en 1997, la izquierda partidista le arrebató al PRI el control político de la capital del país.

Hablo de una época en la que el internet prácticamente no existía, en el que Facebook, YouTube o Google eran apenas sueños, en el que el PRI venía de declararse, con casi el 100 por ciento de los votos, como ganador de casi todas las elecciones. Sí, México era otro país.

Para quienes no vivieron el temblor, o eran demasiado pequeños para recordar el fenómeno social que le siguió, la fecha del 19 de septiembre de 1985, puede ser apenas una oportunidad para practicar los protocolos básicos de seguridad en los simulacros obligados desde entonces.

Para quienes vivimos esa mañana fatídica, aprendimos a tenerle miedo a estos movimientos de las placas tectónicas y a sus violentas consecuencias. Para quienes nos convertimos en ciudadanos en esas fechas, el sismo del 85 fue el parteaguas que nos marcó como generación.

Un día después… hace 32 años.

El 20 de septiembre, pero 32 años antes, amanecí buscando el cadáver de nuestro cronista estrella, Manuel Altamira, un compañero de La Jornada que no pudo con el festejo de nuestro primer aniversario y terminó su vida aplastado por seis pisos de concreto en un edificio de la colonia Juárez.

El temblor del 85 nos marcó como generación. En lo personal, en mi carácter del reportero más joven de aquel periódico que nació para “para darle voz a los sin voz” y al mismo tiempo estudiante en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, el temblor me agarró en mi día de descanso, por lo cual me tocó ir a buscar a Manuel en las diferentes morgues improvisadas en las que comenzaban a llegar las primeras víctimas de aquel gran movimiento de las placas tectónicas del Pacífico que le costó la vida a más de 10 mil personas.

Recuerdo, particularmente, las entrañas del Parque del Seguro Social, aquel estadio de beis donde se improvisó, sobre tablones de madera y todo el hielo que se pudo encontrar, una gigantesca exposición de cadáveres “rescatados” de los escombros. Allí, de manera tan irreal como en una mala película de terror, varios cientos de muertos esperaban a que algún familiar o amigo los reconociera para llevárselos de ahí. Allí tampoco encontré a Manuel, nuestro primer candidato a Secretario General del Sitrajor.

El 19 de septiembre 2.0. nos despertamos con las preocupaciones de siempre –qué si se vale que en la UNAM cobren 400 pesos por un chile en Nogada, que, si cuánto quiere La Jornada por una “felicitación por su aniversario” –, y luego de los rituales normales de un aprendiz de viejito despegamos la cobertura de Global con las fotos del “Mega Simulacro” con que, a las 11 de la mañana, la burocracia de la UNAM rendía un difuso homenaje al temblor del 85.

Y al ratito, a las 13:14 para ser exactos, el deja vu fue total. Si 32 años y casi 6 horas antes aprendí a tenerle miedo a los desplazamientos de las placas tectónicas de la corteza terrestre, esta vez fue una excelente oportunidad para, en unos segundos, hacer un balance certero de mi pasado, presente y futuro –“ya valió…”.

Luego de casi 5 años de reconocer que un gran tsunami anti sistema recorre el mundo, tuve el privilegio de encontrarme, entre el tropel de empleados universitarios que, apresurados y llorosos, bajaban las escaleras de la torre de Rectoría de la UNAM.

Y si en el 85 nos tocó ser testigos del pasmo del Estado y el nacimiento de la sociedad civil en la capital del país, esta vez escuché el relato de los mismos conductores de televisión de entonces, pretendiendo vendernos como gran logro el revire aéreo del presidente de la República e incluso los abucheos y el sape callejero a su secretario de Gobernación.

Pero también en este 19 de septiembre me enteré del drama de unos pequeños niños que, desde debajo de la estructura de su escuela primaria, mandaban mensajes de whatt´s a sus padres para que los pudieran sacar de ahí. Y también, como entonces, pude ver la masiva respuesta de los jóvenes universitarios que, en cuestión de minutos se congregaron frente al Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria para entrarle al relevo nocturno de los miles y miles de ciudadanos de a píe que, como entonces, tomaron el control de la ciudad y nos demostraron que los chilangos, además de gandallas, sabemos ser solidarios como los mejores del mundo.

Y si el 85 fue detonante de un gran cambio, éste 19 de septiembre 2.0 también apunta a marcar, para siempre, a la multitud de chavas y chavos que durante muchos días no durmieron y se ocuparon de sacar toneladas de escombros del medio centenar de construcciones colapsadas en la Ciudad y estados vecinos, con la esperanza de, como aquella vez, rescatar con vida a al menos una víctima de entre los escombros para, así, transformar la tragedia en una poderosa declaración de esperanza que anuncie tiempos mejores.

De nuevo, un sismo y sus consecuencias se presenta como una gran oportunidad para reconocer una gran verdad, casi siempre oculta: que, naturaleza aparte, las personas y no las autoridades son los protagonistas verdaderos de sus propias historias y que, por lo tanto, depende de cada uno de ellos, transformar, o no, su realidad.

En un mundo al borde del colapso nuclear, con más de 30 millones de paisanos satanizados y perseguidos al norte de la frontera, en un planeta al borde del colapso ecológico, este 19 de septiembre seguramente marcará a una nueva generación.

Para quienes vivieron su primer 19 de septiembre, los que llegaron al mundo en los tiempos de las redes, la comunicación global, instantánea e interactiva, la oportunidad de vivir al menos una noche, sin conexión telefónica, sin acceso al internet y sin luz eléctrica, bien podría ser una gran oportunidad para tratar de mirar nuestra realidad desde una perspectiva distinta.

Para quienes pudimos atestiguar este segundo 19 de septiembre, el nuevo suceso podría ser también una oportunidad para reconocer que, a pesar de todo, de la política, la corrupción, las burocracias y de nosotros mismos, nuestra sociedad sí se sabe mover y, posiblemente, hacia adelante. Aunque sea a fuerza de sacudidas sísmicas.

Un primer balance

Son cerca de 320 personas las que perdieron la vida en el segundo 19 de septiembre. La mayoría, en la ciudad de México. La tragedia es real y profunda. Varios miles de familias perdieron su casa.

Siguiendo su genética obsesión por los ratings, los grandes medios de comunicación perdieron una nueva oportunidad histórica de recuperar credibilidad con su frenética crónica de la búsqueda de Frida Sofía, la niña que nunca existió. Y aunque fueron capaces de doblar a la Marina –la institución más respetada por los mexicanos–, a manera de defensa confesaron abiertamente que toda su información sobre el tema provenía de una sola fuente: el gobierno. En otras palabras, que lo suyo no es el periodismo, sino la propaganda.

Las propias redes sociales también perdieron confianza ciudadana al revelarse como una caja de resonancia de rumores, noticias falsas y humores sociales. Las propias autoridades se enfrentaron casi de inmediato con una narrativa alterna que, sin evidencias, pretendió demostrar que, como en 1985, el gobierno no reaccionó a tiempo, lo hizo mal y se dedicó a saquear a las víctimas.

Enterrada por la lógica política electoral, la verdad del 19 de septiembre, es un relato más complejo que la visión que pregona la eterna batalla entre sociedad civil vs Estado, o entre ricos y pobres. Y aunque el proceso de reconstrucción seguramente será más lento de que todos deseamos, para la gran mayoría, la vida seguirá, pero ahora en un escenario nuevo que, al menos como posibilidad, podría comenzar con la construcción de un nuevo México.

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