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Caro Quintero

César Romero

Su llegada al Reclusorio Norte fue un circo. Los empleados del juzgado se arremolinaban a su alrededor y celebraban sus respuestas a las preguntas de los reporteros. Carismático y ocurrente, por supuesto que él era “inocente”; “agricultor y ganadero” se ofrecía pagar “la deuda externa” de México. ¿Su debilidad? “Las mujeres y el oro”.

A sus 29 años, Rafael Caro Quintero era perfectamente consciente de su condición de super estrella. Ayudaban, seguramente, los fajos de dólares que sus abogados habían repartido a diestra y siniestra a su llegada al lugar.  Su abundante y rebelde cabellera enmarcaban un rostro sin rasurar una sonrisa alegre e inteligente. “El día que salga de aquí quiero ser amigo de todos”.

Era la primavera de 1985. Días antes (5 de abril) había sido detenido en una finca a todo lujo a las afueras de San José, Costa Rica. Responsable de la mayor producción industrial de mariguana nunca antes vista (Rancho El Búfalo, en Chihuahua), Caro fue protagonista del brutal asesinato de Enrique Kiki Camarena, agente de la DEA que provocó la mayor ofensiva no bélica de un gobierno de Estados Unidos en contra de autoridades mexicanas.

Se trata de una historia ampliamente conocida gracias al universo Netflix. Sin embargo…

Sin haber sido nunca un jefe mayor en el negocio del narcotráfico internacional, Caro Quintero llegó a convertirse en pieza central de una gran historia de conspiraciones, traiciones y excesos que retrata bastante bien el lado más obscuro de la relación entre Estados Unidos y América Latina y, también, la brutal guerra por el poder en las entrañas de Washington D.C.

Por ello, el segundo arresto de Caro –el de días pasados –, será relevante para entender mejor la vieja disputa soterrada entre la DEA (Drug Enforcement Administration) y la CIA (Central Intelligence Agency), dos instituciones insignia del Estados Unidos imperial.

Condenado a 40 años de prisión, Caro Quintero paso cerca de 28 años en el penal de “máxima seguridad” de Almoloya, pero nunca ha sido extraditado hacia Estados Unidos como lo ha reclamado obsesivamente los veteranos de la DEA, la misma que durante varias décadas fue el principal ariete del “imperialismo yanqui” en Latinoamérica. En buena parte, a partir del caso Camarena.

En pocas palabras, la historia oficial, la que Ronald Reagan hizo suya desde el Salón Oval de la Casa Blanca y definió la estrategia anti-drogas por décadas es:

El corrupto gobierno mexicano –desde el presidente Miguel de la Madrid en los Pinos, hasta la Dirección Federal de Seguridad de la Secretaría de Gobernación a cargo de Manuel Bartlett—habrían conspirado junto con el Cartel de Guadalajara (Miguel Ángel Félix Gallardo, Ernesto Fonseca, Juan Esparragoza, El Chapo Guzmán, Caro Quintero y algunos capos más) para vengarse por la “heroica” investigación que Kiki Camarena había llevado a cabo para lograr la destrucción de 8,000 toneladas de droga en El Búfalo.

La otra historia –no necesariamente incompatible con la primera–, implica la participación de la propia CIA en las multi-documentadas operaciones encubiertas de la Administración Reagan para usar (alentar, tolerar, patrocinar) a los narcos mexicanos y colombianos en el trueque de droga destinada al consumo de afroamericanos y latinos, a cambio de armamento utilizado por las fuerzas antisandinistas en Nicaragua. Además, para el envío secreto de equipo bélico al régimen de Irán que libraba una prolongada guerra contra el Irak de Sadam Hussein, entonces supuesto aliado de Estados Unidos.

En otras palabras, y para sorpresa de los inocentes, mientras por un lado Estados Unidos hacia de “la guerra a las drogas” su gran bandera internacional, por el otro no tenía problema en hacer negocios con grandes capos y gobiernos corruptos cuando su “seguridad nacional” y agendas políticas particulares así lo demandaban.

Es en este contexto que Rafael Caro Quintero –hoy un personaje delgado de mirada perdida que está por cumplir los 70 años en un par de meses— puede volver a desempeñar un rol central en la vieja disputa al interior de “las agencias” estadounidenses. Mucho más allá de una venganza pospuesta por casi 40 años, de concretarse su extradición, el control de su testimonio tendría un enorme valor.

El añejo resentimiento de los viejos de la DEA en contra de Bartlett –estrella de la 4T mexicana–, parece un asunto relativamente menor. Igual que la ironía de que sus actividades como productor de mariguana hoy serían perfectamente legales en buena parte de Estados Unidos.

En lo verdaderamente relevante –la dimensión humana del relato–, no deja de ser notorio que el segundo arresto de Caro Quintero, mientras intentaba esconderse en unos matorrales del municipio de Choix, Sinaloa, ocurrió a poco más de dos centenares de kilómetros al norte de La Noria, la comunidad de Badiraguato, Sinaloa, donde nació y comenzó su carrera como “agricultor y ganadero”.

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