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El Mundo sin Trump

Será un mejor mundo. Eso para comenzar.

 

El hecho de que una clara mayoría de 75 millones de ciudadanos estadounidenses lo hayan rechazado en las urnas es, en sí mismo, una buena noticia. Que muchísimas más alrededor del planeta consideren su derrota política como una especie de reivindicación de conceptos como “solidaridad”, “tolerancia” y “esfuerzo”, merece también celebrarse.

 

Sin embargo, despedido y rabioso, Donald Trump no merece ser olvidado.  Estrella de la farándula, estafador y provocador profesional, tuvo, si acaso, un mérito principal: demostrar la fragilidad de un régimen que por más de un siglo se proclamó como el referente universal de democracias y prosperidad.

 

Considerado como una especie de broma macabra hace apenas 5 años atrás, el anciano de los peluquines de colores brillantes bien podría auto-declararse inventor de la fórmula mágica que transforma los escándalos mediáticos en capital político. Primero fue su cruzada de mentiras contra Barak Obama, luego sus balandronadas sexistas –“I grab (women) by the pussy” –, y sus insultos que destaparon la cloaca de rancios odios hacia Mexicans, Musulmanes y Afroamericanos.

 

Después de Adolfo Hitler y Benito Mussolini, el señor Trump es, probablemente, uno de los personajes que con más éxito logró abrir la legendaria Caja de Pandora. Como aquellos, demostró tener un talento genial en el manejo de las artes obscuras de la propaganda. A partir de un slogan muy primitivo “Make America Great Again”, consiguió articular una retórica populista, aislacionista y, en mucho, confrontada con casi cualquier expresión diferente a la versión idealizado del Estados Unidos de su propia infancia.

 

El hecho notable que representa que el propio sistema democrático e institucional que durante 4 años intentó desmantelar lo haya derrotado en las urnas, no alcanza a explicar otro elemento central de la “era Trump”: los casi 70 millones de personas que votaron por su reelección.

 

Carismático a su manera, The Donald se ocupó durante décadas en la construcción de un personaje –él mismo–, que representa una especie de caricatura de un mega triunfador dentro de una visión del mundo que reconoce en el egoísmo y la voracidad sus valores más elevados. Pocas expresiones más claras del capitalismo salvaje que este señor siempre rodeado de mujeres hermosas, siempre en palacios dorados desde los cuales presume su condición de superioridad sobre las leyes y reglas que “los otros”, “los demás “, están obligados a respetar y seguir. En los tiempos del becerro de oro, pocas estampas más adecuadas que la de Mr. Trump y sus “amigos” dictadores y tiranos alrededor del mundo.

 

No es casual que de bastaron unos cuantos twitts y frases hirientes para arrebatarle el poder a las grandes e históricas figuras del Partido Republicano.  Sin un record conservador real, pocos personajes más alejados que él de la base social del cristianismo evangélico que aún constituye el segmento electoral más grande de Estados Unidos. Y, sin embargo, tuvo la capacidad de apelar a los grandes miedos y frustraciones de muchos de ellos y, en particular, la población de piel blanca con menos ingresos y escolaridad del país.

 

Lo cual tampoco alcanza para explicar el vertiginoso crecimiento de su propuesta de liderazgo, la cual ha sido replicada varias veces ya alrededor del planeta. Donald Trump es, sobre todo, un síntoma de nuestro tiempo. Más allá de su peculiar identidad, su estética de nuevo rico, su pose de alpha dog en la senectud, el aún inquilino de la Casa Blanca es la expresión de un momento particularmente turbulento del ordenamiento del poder que parece ir a la par de diversos desplazamientos, aún inconclusos, en las placas tectónicas del tejido social.

 

Su desprecio por el medio ambiente, su arrogante ignorancia ante la ciencia, sus propio racismo, xenofobia y nacionalismo radical, parecen ser mucho más expresiones de un pragmatismo extremo que sigue una muy sofisticada lectura de los analíticos de la social media global.

 

Difícil aceptar que, en Estados Unidos en el tema racial, de clase social e identidad cultural se haya abierto ese gigantesco abismo que sugiere el mapa electoral del país.  En lo personal me resisto a pensar que un 48 por ciento de la sociedad padezca los niveles de racismo, intolerancia y miedo que la propuesta política del señor Trump representa.

 

Corresponderá a Joe Biden, un veterano de la grilla política “inside The Beltway”, metido en su personaje de abuelito bonachón, construir la indispensable estrategia de reunificación nacional que devuelva a Estados Unidos su condición de liderazgo mundial en torno a temas ambientales, combate a la pandemia y crecimiento económico. O, para ponerlo en palabras de su antecesor, colocar al país “del lado correcto de la historia”.

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