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México, el voto de 2018

Aunque el señor López Obrador ha estado en la boleta presidencial desde el 2006, es hasta ahora –2018-- que considero posible votar por él.

Me parece claro que las plataformas ideológicas que definieron los alineamientos políticos en los últimos siglos –izquierdas vs derechas, liberales vs conservadores, marxistas vs capitalistas–, de poco sirven ya para atender los grandes desafíos del nuevo milenio. Cómo hablar de ideologías cuando la misma retórica sobre democracia, libertad, igualdad de oportunidades que acompañó el colapso soviético hace casi tres décadas sirve ahora como bandera de la monumental farsa que llevó a la Casa Blanca a un personaje tan grotesco como Donald Trump.

El hecho mismo que ninguno de los principales candidatos se cobije en un solo partido político me parece una expresión del agotamiento del sistema de partidos tradicional.

En mi opinión la función principal del voto es la de ayudar a un candidato a ganar una elección. Por ello no considero demasiado relevantes opciones como la anulación del sufragio, el voto simbólico por alguien sin posibilidades reales de triunfo y, mucho menos, el abstencionismo.

Ni peligro para México, redentor o candidato anti sistema. Al considerar la trayectoria del candidato puntero es claro que las principales etiquetas que se le cuelgan al tabasqueño, a favor o en contra, no tienen asidero en la realidad.

Gobernó la capital del país y no hay una sola evidencia de esa condición mesiánica que se le atribuye. Tampoco recuerdo algún gran desplante populista-chavista durante su gestión; si acaso el programa de apoyo económico a los adultos mayores, pronto copiado tanto por panistas como priistas y que mantiene una amplísima aprobación popular.

Me parece correcta la opinión de que el señor no es propiamente un hombre progresista o de izquierdas.  Salvo el principal factor para esa caracterización –el énfasis en la desigualdad económica–, bien podría ser verdad que su trayectoria como dirigente priista, activista de oposición o gobernante no lo acercan a lo que hoy llamamos “el lado correcto de la historia”. Nadie es perfecto.

Incluso, reconociendo que ha sido capaz de presentarse como la gran alternativa al viejo sistema –la tenebrosa mafia del poder–, creo que pocos personajes representan mejor que él a los políticos tradicionales de nuestro país. Tampoco como organizador de plantones y marchas, ni como “presidente legítimo” me parece que haya roto realmente con las reglas de ese sistema que, dijo, mandaría al diablo.  Es más, el hecho mismo de que se haya mantenido en el centro de la atención pública durante un par de décadas demuestra que es un político profesional con muchísimo oficio. En una de esas, el más hábil de los actuales.

Ahora bien, esperar que su victoria el 1 de julio signifique que el país se transforma en un paraíso o un infierno, me parece una tontería.

Hasta ahora he mencionado dos razones: creo que sí puede ganar la elección y no pienso que represente una opción de cambio radical para el país.

Vamos al asunto de las banderas:

Primero, el cambio. Es claro que las elecciones son, casi siempre, una especie de referéndum sobre el gobierno en turno. En este caso, el regreso del PRI a Los Pinos. Y si bien sigo sin entender cabalmente porque dos casos específicos –Ayotzinapa y su Casa Blanca—fueron suficientes para transformar a Enrique Peña, de “salvador de México” a villano favorito de amplísimos sectores sociales, el hecho es que la idea de que el gobierno es corrupto e incapaz es el punto central que enmarca a la elección del 2018.

En ese contexto, la candidatura de José Antonio Meade sería lo de menos. Seguramente buen tipo, a lo mejor decente, representa al México corporativo, que tanto desprecia a “los políticos pobres”, ese que por tanto tiempo ha sido tan bueno para organizar elecciones de estado.

Incluso, una razón central para explicar un posible colapso del candidato del gobierno podría ser que ese tsunami antisistema que recorre el mundo desde hace algunos años, y que en muchos países se ha generado el asenso de la derecha extrema.  Hace tres años, ese humor social lo supo capitalizar el PAN y ahora se convertiría en la tercera es la vencida para el licenciado López.

Me parece que, casi por definición, las campañas electorales son un tema de promesas. Sin datos duros de respaldo, creo que la corrupción, la inequidad económica y la inseguridad son las mayores preocupaciones del electorado. Y al menos en las primeras dos, el candidato mejor posicionado parece ser él. Tanto sus provocaciones de cancelar el nuevo aeropuerto, como la amnistía al crimen organizado me parecen eso, provocaciones para llevar la mano en la narrativa de la opinión pública.

Además, creo entender que, en la vida real las elecciones no las ganan los temas sino las emociones. Y en este caso, en este tiempo, en este mundo, creo los estados de animo en torno al Noson los que dominan entre la ciudadanía.

Bien podría ser que el mejor candidato de esta elección resulte ser Ricardo Anaya. Es joven en un país (todavía) de jóvenes. Es articulado y sueña en grande. Parece moderno.  Sin embargo, el hecho de que en su meteórico crecimiento haya dejado tantos cadáveres políticos al lado del camino, permite que sea presentado como un personaje de ambición sin medidas, la opción de los oportunistas.

Como en el 2000 me atreví a votar por quién, a lo mejor, podría sacar al PRI de los Pinos, no veo a un hipotético presidente Ricardo Anaya “entregando Chihuahua a los gringos” o “enseñando el catecismo en las escuelas públicas”, sinceramente no veo como Anaya podría quitarse ese tufillo a “prian” que se percibe con demasiada claridad en su alrededor.

Me parece que los lustros de ventaja que le lleva el candidato López recorriendo el país, tejiendo acuerdos, dándose a conocer, opacarán sin problemas el brillo que Anaya pudiera conseguir en los debates.

Imagino López Obrador como un tipo bastante antipático. Arrogante e intolerante, como la mayoría de los iluminados –tengo la impresión de que su critica social, su fe cristiana, esquema de valores y hasta su ego personal, lo acercan a este tipo de personalidad. Lo cual seguramente sería un riesgo mayor en la era de las Presidencias Imperiales, una época que considero superada, tanto por la sociedad como por las instituciones.

Equipararlo con Hugo Chávez me parece tan serio como su propia comparación con Hidalgo o Juárez.  Qué en su equipo cercano hay personajes obscuros, me parece una obviedad, tanto en su caso como en todos los demás candidatos. De hecho, nunca he pensado que la política sea una actividad para buenas personas.

Según veo las cosas, como en buena parte del mundo, México es arrastrado por estas olas gigantes de cambio. López Obrador va muy arriba en las encuestas y no me da miedo (o demasiadas ilusiones). Le reconozco amplio talento político y considero que, en un país con los niveles de pobreza y desigualdad como el nuestro, quien ha sabido manejar mejor estos temas es él. Repudiar la corrupción me parece indispensable para construir un país de ciudadanos.

Aunque el señor López Obrador ha estado en la boleta presidencial desde el 2006, es hasta ahora –2018– que considero posible votar por él. Personalmente no lo conozco y no tengo relación alguna con su circulo de confianza, por ello mis razones tienen mucho más que ver con mi diagnóstico sobre la realidad actual de la sociedad mexicana y su contexto global que con juicios personales sobre el personaje y su grupo político.

En cualquier caso, sigo pensando que, aunque el voto es importante, tampoco es para tanto. Los responsables de nuestras vidas somos cada uno de nosotros. La política es importante, pero no demasiado; la economía, educación y valores lo son más. Y que el país no se inventa cada seis años, sino todos los días.

 

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