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Para entender al Chapo Guzmán

Más allá del escándalo y profundo impacto social de su nueva fuga, la historia de Joaquín Guzmán Loera simboliza la podredumbre del sistema de justicia en México y el fracaso de la supuesta Guerra contra las Drogas en Estados Unidos.

Para entender lo que la segunda fuga de El Chapo Guzmán realmente significa, vale la pena partir de dos premisas.

I. Históricamente, en México el crimen organizado ha tenido relaciones de mutua conveniencia con el poder político. Lubricadas por la corrupción de todo tipo de autoridades y los niveles de impunidad de un sistema de justicia de ínfimo nivel, las actividades de los grandes cárteles de la droga han contado siempre con complicidad tácita del sistema político.

II. En nombre de una visión pragmática al extremo de su seguridad nacional, la política exterior de Estados Unidos tiene una tradición de construir sinergias a partir del “mal menor”. Para combatir al Nazismo se aliaron con José Stalin, para combatir a Irán se aliaron con Sadam Hussein. Contra la Unión Soviética apoyaron a Osama Bin Laden, contra “los comunistas” y ahora contra los “terroristas” (Nicaragua, Colombia, Panamá), no tuvieron mayores reparos en unir fuerzas con los narcotraficantes.

A partir de lo anterior, han dos narrativas básicas para entender lo que ha ocurrido en torno al Chapo Guzmán, un personase que con estudios de tercer año de Primaria se ha convertido en el narcotraficante más famoso del mundo.

Consideremos la primera:

Joaquín Guzmán es el heredero natural de los narcos más emblemáticos del México moderno, Miguel Ángel Félix Gallardo y Amado Carrillo Fuentes. Del primero, creador de la primera Federación de capos sinaloenses, retoma una visión corporativa que les permitió repartirse el país (con la excepción del Golfo de México), en territorios que cada jefe controlaba. Del segundo, retoma una visión internacional que le permite asumir un liderazgo continental solamente comparable con el de las mafias italianas que, supuestamente, controlan el negocio de las drogas ilícitas de origen asiático.

Originario de Badiraguato, un pueblito pobre localizado a las puertas de la sierra sinaloense, el Chapo se formó en torno a la cultura subterránea que le atribuye a las mafias estadounidenses (criminales y legales) la fundación misma del negocio de la producción y exportación de opio y sus derivados en el marco de las necesidades médicas la Segunda Guerra Mundial.

Como narcotraficante, el Chapo crece en los años 80s, sobre todo tras la caída del Félix Gallardo y su lugarteniente, Rafael Caro Quintero, quienes habría roto una regla de oro del viejo orden al atreverse a asesinar a un agente de la DEA. Nacido en 1956, El Chapo viene de una generación de criminales institucionales que compartía un principio básico de la propia clase política de su tiempo, “contra el Estado no, contra el sistema, nunca”.

Vale la pena recordar aquí el incidente que precede al primer encarcelamiento del Chapo. Según la versión oficial las balas que quitaron la vida (24 de mayo de 1993) al cardenal Jesús Posadas Ocampo estaban destinadas a él.

Mientras los asesinos, los hermanos Arellano Félix, pudieron tomar su vuelo de más de una hora de Guadalajara rumbo a Tijuana y poco después, entrevistarte con el Nuncio Apostólico en la Ciudad de México, de lo cual tuvo conocimiento el propio Presidente de la República, la búsqueda de El Chapo se convirtió en la gran prioridad del gobierno. Su captura, ocurrida según la versión del gobierno, “en la frontera con Guatemala”, el 12 de junio siguiente, estuvo siempre empañada por versiones de arreglos “al más alto nivel”.

Y si supuestamente el gobierno del Presidente en turno favorecía al Cártel del Golfo, la vieja nomenclatura del mismo sistema habría preferido a los capos tradicionales de Sinaloa. No parece casualidad que a pocas semanas de iniciado el primer gobierno no priista en 70 años, El Chapo protagonizó su primer escape de un penal de alta seguridad. El carrito de lavandería y todo lo demás.

Para entonces la Agencia Antidrogas de Estados Unidos ya había implementado su “estrategia de divide y vencerás” con que logró alimentar una verdadera guerra interna entre los a los grandes carteles colombianos. Entonces el mercado consumidor no se alteró demasiado; cambiaron solamente las rutas y algunos nombres.

En cambio en México, la última década fue escenario de una brutal disputa por rutas y territorios entre las viejas mafia y nuevos grupos criminales. Destacan dos: Los Zetas, que nacen dentro del Cartel del Golfo y crecieron con la deserción de varios miles de militares de élite y cuyo principal sello era la decapitación y frecuentes descuartizamiento de sus enemigos.

El otro fue la Familia Michoacana, que abiertamente contaba con una base social propia e incluso hacía trabajo de relaciones públicas semi profesional. Ambos grupos desafiaron abiertamente al poder político establecido y además del narcotráfico, se involucraron en otra gran cantidad de actividades criminales. Del secuestro a la distribución de petróleo. De la extorción al tráfico de armas y personas.

En ese contexto, la revista Forbes decidió incluir a El Chapo en su Lista de los hombres más ricos del mundo. Y luego de que Obama Bin Laden fuera muerto por militares estadounidenses, el capo mexicano se convirtió en número uno en la lista de los criminales más buscados por el FBI.

El gobierno panista dijo que haría “hasta lo imposible” por captúralo. Y no lo logró.
Varios años y cerca de 100 mil muertos después, la federación de capos sinaloenses volvió a convertirse en el cartel de las drogas más importante en el país. Así parecía, al menos, el 22 de febrero de 2014, cuando El Chapo volvió a ser capturado, en otro operativo que permitía suponer todo tipo de arreglos tras bambalinas.

En tanto, aunque nadie ha emitido un comunicado oficial al respecto, es claro que Estados Unidos perdió la guerra contra las drogas declarada por Richard Nixon hace 40 años. De importador neto, el país se convirtió en el principal productor de marihuana en el planeta. El boom de las drogas sintéticas se expande de manera exponencial. Y sobre todo, el claro movimiento social a favor de la despenalización (sino que franca legalización), parece el prólogo de una nueva era para la industria global de los enervantes.

En un mundo en el que los enemigos de moda son los terrorista, sobre todo si son terroristas islámicos, parece sensato suponer que los narcotraficantes –sobre todo los tradicionales–, podrían encontrar espacios de conciliación dentro de la nueva ola del mal menor. Como las mafias italoamericanas que durante la segunda guerra mundial supieron tomar distancia de Italia y Alemania, los grupos criminales que sepan entender el nuevo momento tendrán mejores posibilidades de sortear la transición en esta industria que anualmente genera ingresos por poco más de 430 mil millones de dólares anuales.

Aquí justamente es cuando ocurre la segunda fuga de Joaquín Guzmán Loera. Más allá de lo obvio —una obra de ingeniería de alto nivel y con varios cientos de toneladas de tierra removidos a unos metros de una instalación militar, el hecho es un claro parteaguas en la historia del narcotráfico.

No se trata aquí de suponer que como pasó con la familia Kennedy en Estados Unidos –que habría tenido lazos con negocios relacionados con el comercio de alcohol durante la Prohibición y llegó a la Casa Blanca algunas décadas después–, o de construir escenarios paralelos a la realidad histórica detrás del mundo novelado de Mario Puzo. No parece necesario. A juzgar por las reacciones populares registradas en su tierra natal luego de que se hiciera pública la noticia de su fuga (el domingo 12 de Julio), el tema de su imagen pública no tendría que ser una preocupación mayor para El Chapo Guzmán.

Protagonista de una industria global en la que cerca del 80 por ciento de las ganancias se quedan dentro de los mercados consumidores, pronto sabremos sin con la habilidad que pudo construir un túnel de un kilómetro y medio podrá construir un puente que le permita seguir siendo relevante.

Para el gobierno de México su fuga es una vergüenza. “Imperdonable”, profetizó el propio Presidente Enrique Peña Nieto en el 2014. Y en cuanto se conozcan más los detalles de su historia, para Estados Unidos también lo será. Sin embargo para El Sistema (ese conjunto imágenes difusas que tanto sirve para hacer literatura o cine) El Chapo puede seguir siendo una pieza todavía útil para restaurar un modelo de orden criminal confiable (no terrorista) que entiende límites y favorezca un paulatino regreso a la estabilidad en los sótanos del poder en México.

La segunda narrativa es mucho más sencilla: La falta de autoridad ha llegado un punto insostenible. El gobierno es incapaz siquiera de garantizar la seguridad de su principal penal de alta seguridad. Por corrupción o incompetencia llegó a un punto de colapso.

En lo que hace a Estados Unidos la fuga podría ser también una señal sobre los niveles a que ha llegado la disputa por poder al interior de las agencias de inteligencias, seguridad y justicia.
En esta pista las implicaciones son quizá más perturbadoras. No hay piloto. El sistema realmente no existe. No hay coherencia. Un individuo es capaz de cualquier cosa. Un capo es más fuerte que el Estado.

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