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¿Quién soy?

Por Olga Granados
Psicoanalista

Es una pregunta que con frecuencia nos hacemos los seres humanos a lo largo de nuestra vida, particularmente en momentos de crisis. Al tratar de responderla, buscamos recuperar el centro, ese equilibro que puede perderse en diversas circunstancias. Lo que intentamos es recobrar nuestra identidad, que es el conjunto de características físicas, emocionales, intelectuales y sociales que nos definen como seres únicos e irrepetibles y nos hace sentir que sabemos lo que somos y de dónde venimos. Esto nos tranquiliza y nos pone de nuevo en condiciones de emprender o de continuar proyectos.

La identidad se construye a lo largo del desarrollo de cada persona a partir de las relaciones tempranas que se establecen con los padres, con la familia y con el grupo cultural al que se pertenece. Y se continúa forjando toda la vida porque las experiencias nos van modelando a cada paso.

Los padres representan los primeros tabiques de esta construcción. Si reconocen que su hijo es una persona diferente de ellos, es decir, que no es una prolongación de sí mismos y permiten que el pequeño vaya expresando sus particularidades y reforzando sus preferencias y sus deseos y, si ofrecen un entorno familiar acogedor donde se puedan expresar las emociones, las ideas y la visión de la realidad con argumentaciones razonadas y firmes, proporcionan a los hijos una fuente de gratificación y confianza que los impulsa a explorar el entorno y a sentirse competentes.

Además, el hijo va imitando e internalizando las acciones y actitudes de sus padres para apropiarse de los valores de la familia y de la cultura a la que pertenece, al mismo tiempo que va definiendo su individualidad. El adecuado equilibrio entre estas dos condiciones forja una identidad sólida que da un gran soporte de seguridad y alta autoestima.

Podemos ver que la identidad es nuestro cimiento, nos permite vivir todos los cambios a los que estamos expuestos a lo largo de la vida, retomar la vivencia, aprender y sentir la seguridad de que donde estemos, seguimos siendo nosotros mismos. Esto representa una fortaleza para enfrentar los vaivenes de la existencia sin enloquecernos.

Pues bien, esto que es central para todo ser humano, está en crisis. La familia y los valores culturales se devalúan constantemente en esta época que se caracteriza por el individualismo y desconoce que sólo puedo convertirme en lo que soy gracias a mi relación con el otro y a los anclajes que da la cultura.

En la vida cotidiana podemos ver muchos ejemplos, sólo mencionaré un par respecto a los jóvenes. En las escuelas los chicos, cada vez con mayor frecuencia, no respetan la autoridad de los maestros y hay violencia hacia éstos y entre ellos. En algunos casos porque se sienten protegidos por unos padres que titubean también en su autoridad; en otros, porque es la única forma que tienen de expresar sentimientos que los desbordan y, en otros, porque ya rompieron con el lazo social. Tampoco necesitan compartir tiempo con amigos reales – lo que implica la puesta en juego de límites, de respeto, de consideración, de diálogo con palabras que suenen y que tengan entonación – porque las redes sociales han limitado la convivencia y han empoderado el individualismo, el otro no importa, el sólo una pantalla.

Y en un mundo globalizado, con graves problemas económicos, donde las migraciones son comunes, es fácil detectar que a los jóvenes, principalmente, les están haciendo falta esos asideros que los protejan del vacío y la pérdida de sentido que provoca no saber con certeza “quién soy” y así, saber hacia dónde se quiere ir.

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