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Verano caliente

Por Oscar Luna

Políticamente, poco importa que estemos apenas a la mitad de la primavera. Tanto por las amenazas de Donald Trump contra el GOP (Great Old Party), como por el tono cada vez más beligerante de la retórica de Bernie Sanders en contra de Hillary Clinton, el clima político del país se calienta cada día más.

Todo parece indicar que las convenciones de donde saldrán los candidatos para la elección Presidencial del 8 de noviembre próximo serán verdaderos campos de batalla entre los grupos de poder de ambos partidos. Sobre todo en el bando republicano, pues las fuerzas anti Trump aún tienen posibilidades reales de impedir que el empresario inmobiliario garantice los votos necesarios para asegurar la candidatura. En cualquier caso, la fractura parece muy profunda.

El proceso electoral del 2016 hasta ahora ha estado marcado por la radicalización de Trump y Sanders, quienes han logrado movilizar a grupos sociales que tradicionalmente no se involucran en la vida interna de los partidos: los “crazies” de la derecha populista que apoyan los desplantes de Trump y los jóvenes universitarios que se han unido a las tesis “socialistas” de Sanders.

En un escenario normal (suponiendo que ese término tenga aún algún sentido), dicha dinámica aterriza justamente en las Convenciones, que es donde se reúnen las bases tradicionales de cada partido y definen las reglas internas con que votarán por sus candidatos a la presidencia, gubernaturas en disputa y posiciones en el Congreso.

Este año, la Convención del Partido Republicano se llevará a cabo del 18 al 21 de julio en Cleveland, Ohio, y la Convención del Partido Demócrata, del 25 al 28 en Filadelfia, Pennsylvania.

En un escenario normal, las convenciones son una especie de mega fiesta, con muchos globos, confeti, suficiente alcohol y música a todo volumen, con una cantidad absurda de discursos, muchas “reuniones selectas” organizadas por los grupos de interés que mueven los hilos del negocio electoral –que en este ciclo podría llegar a los 10 mil millones de dólares, de los cuales los hermanos Koch han ofrecido 900 millones para impulsar a sus candidatos favoritos. Eso, más una serie de muy coreografiadas presentaciones de los principales candidatos justo en el horario estelar de los principales noticieros de la televisión.

Sin embargo, este 2016, el espectáculo ha comenzado desde mucho antes. Sobre todo gracias a Trump y sus desplantes. Particulamente a partir de sus reiterados insultos contra las mujeres, las minorías, los musulmanes y los hispanos, entre otros. Por ello, en prácticamente todas las encuestas aparece con índices negativos nacionales cercanos a un 70 por ciento de los ciudadanos. Aunque el hecho crudo detrás del fenómeno de este peculiar personaje es que genera buenos ratings.

Según algunos estudios, la audiencia que sigue las noticias sobre el proceso electoral en este año ha sido significativamente mayor que en elecciones anteriores. Los principales programas de noticias, incluidos los canales de cable, han aumentado en 10 puntos de audiencia cuando centran su cobertura en los últimos desplantes del señor Trump.

En otras palabras, Trump vende. ( En la misma lógica que el escándalo Lewinsky que todos condenaban, pero casi todos seguían en las noticias). Y por cuestionable y moralmente reprobable que pudiera ser, el hecho es que la industria de la noticias –incluido un segmento importante del periodismo serio–, se ha dejado arrastrar por el empresario de ascendencia alemana. Si la democracia moderna se ha reducido a un espectáculo, poco debería sorprendernos el surgimiento de este tipo de personajes.

El hecho es que, pese a su triunfo claro en Nueva York –al que deberían seguirle otros en estados como Maryland, Virginia y Pennsylvania–, la alianza del aparato republicano contra el personaje de extraña cabellera esta en capacidad de impedir que llegue a Cleveland con los 1,237 delegados necesarios para asegurar su nominación.

Debido a que muy probablemente Ted Cruz –senador texano, también anti inmigrante y favorito del Tea Party, tampoco logrará acumular suficientes delegados para asegurar la candidaturas, la situación forzaría una negociación entre Trump y la élite de su partido que tanto desprecia. Y aunque finalmente la élite del GOP ceda ante el hecho claro de que Trump haya sido el personaje más popular entre la base del partido, la eventual fractura muy probablemente será tan profunda que ni siquiera el añejo rechazo republicano en contra de los Clinton podrá diluir.

En el bando demócrata, impera la misma lógica de un sistema diseñado para la confrontación binaria. En parte por ello, las aspiraciones de Bernie Sanders se han convertido también en un gran espectáculo. Senador por el pequeñísimo estado de Vermont, judío y abiertamente declarado socialista, Sanders es comparado por diversos expertos como el Obama de esta elección. Un outsider que logra atraer al segmento más fresco y progresista de la sociedad. Una especie de anti-Trump en mensaje –los temas de Sanders son casi todos de importante carga social–, pero que también ha logrado atraer a las fuerzas anti sistema que hasta ahora han dominado el proceso.

Y aquí es donde el tema se pone más interesante. Si fuera cierto que un nuevo fantasma recorre el mundo, que una especia de estado de animo de fastidio y necesidad de cambio que refleja un enorme descontento social ante el crecimiento económico brutalmente inequitativo de las últimas décadas, al deterioro ambiental, en incluso con propio avance tecnológico, entonces también podría ser cierto que en Estados Unidos este sería un momento histórico de grandes cambios.

Y ciertamente que, tanto Trump como Sanders representan en el cambio en ésta elección. Además, según las encuestas, en el escenario de una confrontación en las urnas contra el showman neoyorquino, Sanders es quién lo derrotaría por un mayor margen de votos.

Sin embargo, en el terreno de la política, Hillary Clinton y todo lo que ella misma y su apellido representan, sigue siendo la aspirante demócrata con más delegados obtenidos hasta ahora (más de 10 millones de personas han votado por ella, bastantes más que por Trump, Cruz o cualquier otro aspirante) y es ella quien parece tener más oficio político y conocimiento que nadie en esta contienda.

Casi por definición ella sería la gran representante del Establishment en esta elección. Ello, por supuesto, más allá de la obvia diferencia respecto al pasado: en el caso de ganar, sería la primer mujer en la historia en ocupar la Presidencia de Estados Unidos.

Ganadora también en las Primarias de Nueva York, de mantener buenos resultados en las siguientes elecciones primarias, Hillary estaría en condiciones de asegurar su candidatura a principios de mayo.

Como hiciera su marido Bill hace casi un cuarto de siglo, Clinton ha sabido colocarse al frente de una impresionante coalición de minorías, entre ellos: los Afroamericanos, los sindicatos, los Latinos, el sector más moderno de la economía, probablemente las mujeres y los jóvenes.

A pesar de que en las encuestas sus índices negativos son también muy altos (arriba del 50 por ciento), en una contienda contra el empresario que ha sido rechazado en la mayor parte del mundo, Hillary también resultaría ganadora.

Por ello, la Convención Nacional Demócrata podría resultar más normal que la de los republicanos. Lo cual, por supuesto, generaría menores ratings para los medios.

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