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Érase una vez

César Romero

–¿Conoces este libro?

— Mmmh… no.

— ¡Tienes que leerlo!

Así, con tono imperativo, mi “asesor” editorial extendió la mano y me entregó “El Factor Humano” de John Carlin. Obedecí la orden.

Muy bien escrito, el texto cuenta la muy conocida historia del mágico Nelson Mandela, su encarcelamiento de 27 años como parte de una lucha extraordinaria para vencer pacíficamente al Apartheid, una de las mayores aberraciones de nuestro tiempo.

El eje del relato es la crónica del sábado 24 de junio de 1995, el día de la final del Campeonato Mundial de Rugby, como momento culminante de una cuidadosamente planeado proyecto político del propio Mandela para, a través de la pasión de los Springbooks –el equipo nacional de Sudáfrica–, ganarse el alma y los corazones de los Afrikáners, el grupo étnico de origen holandés que desde el siglo XVII había controlado el país.

Literalmente, un “cuento de hadas”.

Más allá del privilegio de poder mirar detrás de la cortina del último gran héroe del siglo XX, el escrito ayuda a entender la importancia de la disputa por el control de las grandes narrativas actuales: desde la guerra en Ucrania, hasta la masacre de Ayotzinapa. De Vladimir Putin a Joe Biden, de un AMLO militarista hasta los incendios a las puertas de los cuarteles y las embajadas pintarrajeadas.

El libro (Playing the Enemy en su versión original), como Invictus, la película sobre el mismo tema dirigida por Clint Eastwood, son de 2009. La trama, como lo cuenta el autor, nació en agosto de 2001 en la casa de Mandela en Johannesburgo. Es la reconstrucción de un maquiavélico plan para arrebatarle los símbolos más queridos al más rancio racismo africano, al tiempo que seducir a los grupos negros más radicales ofreciéndoles una identidad nacional multicolor.

Al final de cuentas se trata de extraer las gotas esenciales de la realidad para, con ellas, preparar la pócima que beberemos para poder entender nuestro mundo. Un verdadero cuento de hadas.

Hoy que la derecha extrema vuelve al poder en la Italia de Mussolini, que China avanza hacia un capitalismo de Estado de corte imperial y el neo zar ruso amenaza al resto del mundo con el uso de sus armas nucleares, me resulta más conmovedor que nunca revivir el estruendo de una multitud de raza blanca vitoreando “¡Nel-son!, ¡Nel-son!, ¡Nel-son!”.

El juego es peligroso. Ahí están Trump, Bolsonaro y las machincuepas retóricas de quienes nos quieren vender generalizaciones fáciles sobre “los estudiantes” o “los militares”. Más allá de la obviedad –“la historia la cuentan los vencedores” –, estamos hablando del arte de construir determinadas visiones con las que se teje ese relato inconexo y contradictorio al que llamamos, La Historia.

Esto es, se trata de la capacidad de personajes excepcionales, como el propio Mandela, para construir las coordenadas de nuestro tiempo en medio de las feroces y eternas luchas por el control de los recursos, sean el dinero, la fuerza, las leyes o la “voluntad popular”. Pienso, por ejemplo, en El Renacimiento, la Revolución Francesa, La Revolución Industrial, las Grandes Guerras o la Exploración del Espacio Exterior.

Manipular las emociones populares no es nada nuevo, ahí están los pulgares hacia arriba o hacia debajo de los emperadores romanos. Mucho menos el uso del deporte o las guerras para ganar/perder poder, siendo la élite militar argentina un ejemplo perfecto de ambas. Pero hoy que un joven de 38 años maneja audiencias de 3.5 mil millones de personas y los videos verticales se han adueñado (casi) del resto de la humanidad, los “cuentos de hadas” tienen más vigencia que nunca.

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