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Infodemia, cuando la información es tan peligrosa como la COVID-19

Casi a la misma velocidad con que el nuevo coronavirus se esparce en el globo, en la internet corren los bulos y noticias falsas de la enfermedad, lo cual hace que las poblaciones sean más vulnerables y las medidas de mitigación menos efectivas, se señala en el estudio The COVID-19 Infodemic: Twitter versus Facebook, realizado por investigadores de la Universidad de Indiana y el Politécnico de Milán. En esas páginas se corrobora algo que la OMS advierte desde hace tiempo: padecemos una infodemia, es decir, un exceso de datos que nos provocan confusión y desconfianza.

En algún momento se manejó que la hidroxicloroquina curaba el padecimiento, luego se afirmó que el dióxido de cloro hacía lo mismo; también se ha asegurado que las antenas 5G causaron la epidemia, que fue una fuga de laboratorio o que Bill Gates estaba detrás; incluso se ha sugerido que, por su genética, los mexicanos resisten más al SARS-CoV-2 (cuando nuestra propensión a la obesidad y a la diabetes en realidad agravan el escenario). Estas falsedades son muy variopintas, pero tienen algo en común: se viralizaron en la web.

“Por correr de ‘boca a boca’, las redes sociales desempeñan un papel clave en la propagación de desinformación y, aunado a ello, hay evidencias de que estas plataformas han sido manipuladas a fin de difundir datos erróneos sobre la Covid-19”, se señala en el texto.

Muchos han analizado este fenómeno, pero enfocándose en un foro, por lo que para establecer contrastes y entender las dinámicas, los autores del estudio colocaron en la balanza a los dos espacios con más usuarios: Twitter y Facebook. Lo encontrado es que, así como hay sujetos capaces de contagiar a multitudes (los superspreaders), en la internet hay “superpropagadores” de información falsa que han hallado en las redes la vía perfecta para esparcir sus fake news.

Engaños que se contagian con un click

A la plataforma de Mark Zuckerberg se le ha acusado de diseminar mensajes supremacistas, de incitar a la violencia, de manipular elecciones y de malinformar sobre la pandemia de Covid-19, lo cual llevó a Sue Halpern a publicar en The New Yorker (el 2 de mayo) el artículo Facebook y la normalización de lo desviado, donde denuncia cómo en ese espacio, pese a su compromiso de eliminar falsedades, se desvirtúa la realidad de manera sostenida. Por su parte, a Twitter se le ha señalado como un espacio propicio para los discursos de odio, el bullying cibernético y las conductas tóxicas, lo cual ha generado debates acerca de cómo gestionar ambos espacios.

En dicha línea, mucho se ha hablado de lo necesario de depurar las redes de información nociva y se han hecho grandes esfuerzos para borrar posts falseados, pero tras diversos análisis los investigadores detectaron estrategias usadas por los propagadores de desinformación para engañar a los sistemas de criba, como crear cuentas que remitan a los mismos dominios o el uso de bots (aunque la mayor parte de la replicación masiva se debe a usuarios crédulos propensos a oprimir los botones de “share” o de “retweet”).

Ello explica que, tan sólo al inicio de la pandemia, la cantidad de links a notas engañosas en Twitter fuese igual a la de dos de las fuentes más fiables de EU juntas, The New York Times y los CDC (Centros para el Control y Prevención de Enfermedades), según se establece en Prevalence of Low-Credibility Information on Twitter During the COVID-19 Outbreak, documento publicado por el Observatorio de Redes Sociales de la Universidad Bloomington de Indiana.

Gran parte del problema, explican los autores de The Covid-19 Infodemic, es la presencia de cuentas como The Washington Times, RT, Breitbart o American Thinker, que abiertamente muestran sus filias políticas o religiosas y donde se han llegado a publicar textos en los que se pide incinerar cubrebocas para no causarle angustia a psicológica a los perros, se llama tiranos a los gobiernos que buscan inmunizar a toda la población o se asegura que las vacunas no sirven.

Estos sitios pese a tener poca credibilidad (según los criterios de  mediabiasfactcheck.com) disponen de dominios oficiales, muchos seguidores y cuentas verificadas por Facebook y Twitter, lo que les da un halo de legitimidad que preocupa a los investigadores, pues justo eso hace de ellos “súperpropagadores” de fake news.

“La información poco creíble nos afecta como sociedad y debido a que la difusión de bulos se hace desde cuentas de muy alto perfil, ponerle un alto es difícil. Facebook y Twiteer han comenzado a moderar la desinformación en torno a la Covid-19 y, por ello, han sido acusados de ejercer sesgos políticos. Hay muchas consideraciones morales y éticas acerca de la libertad de expresión y la censura, y estas cuestiones no pueden eludirse; son cruciales en el debate sobre cómo mejorar el ecosistema informativo”, concluye el estudio.

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