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Junio 27, San Antonio Texas

César Romero Jacobo

Cuando la esperanza es un crimen.  La muerte de más de 50 personas atrapadas en un tráiler abandonado a las afueras de una de las primeras ciudades hispanas de Estados Unidos marca el rubicon en que todos perdemos humanidad.

La noticia, por supuesto, le dio la vuelta al mundo. El breaking news mostraba un enjambre de patrullas y ambulancias con su torrente de luces de emergencia delante de la caja de un camión del cual fueron bajados los cadáveres, uno a uno, de hombres, mujeres y niños que cometieron el delito de querer entrar “ilegalmente” al país.

Igual que las barcazas hundiéndose en las aguas heladas del Mediterráneo con una muchedumbre de africanos pobres que intentaban escapar de la guerra. Igual que las caravanas de centroamericanos que chocan con militares mexicanos huyendo de la violencia criminal de sus países de origen. Igual que los bebés muertos en una playa siria o a una orilla del Rio Bravo, la noticia nos sacude a todos. Pero solamente durante los pocos instantes de un par de ciclos mediáticos.

El hecho, por doloroso que sea reconocerlo, es que al American establishment ha llegado a tal punto en la cosificación de sus inmigrantes que todos sabemos qué va a ocurrir después de esta nueva tragedia: nada, absolutamente nada. En la gran nación de la inmigración, los extremismos nacionalistas han impuesto sus odios y xenofobias a quienes buscan el mismo Sueño Americano del que nació este país.

Hace 304 años, durante su fundación, San Antonio fue un pequeño pueblo mexicano. Luego –Remember The Alamo–, por la gracia de una invasión armada, medio México se convirtió, de la noche a la mañana, en la región Southwest de Estados Unidos.

Víctimas de lo que los expertos llaman “un delito consensual”, las decenas de personas que perdieron la vida tuvieron le pagaron mucho dinero a los miserables que los escondieron en el camión en el que presuntamente cruzaron la frontera con México para, luego, recorrer más de 160 millas de una pesadilla de calor infernal, deshidratación y asfixia.

El milagro de que poco más de una docena de inmigrantes hayan sobrevivido podría añadir un par de ciclos al circo mediático en que se convertirá este caso. Sus conmovedores relatos, sin embargo, muy difícilmente lograrán tener el impacto suficiente para alterar la polarización extrema que padece el propio sistema político estadounidense y su contagio entre amplios grupos sociales.

Reducidos a la condición de “bad hombres” y “violadores” que, como bandera política llevó al aprendiz de tirano a la Casa Blanca o a una insultante condición de “héroes anónimos” cuando de presumir remesas se trata, los inmigrantes de hoy son los judíos del siglo pasado. Víctimas fáciles para las maquinarias del odio y la muerte.

Aunque los gobiernos involucrados –el de Estados Unidos, México, Honduras, El Salvador, etcétera—son legal y políticamente responsables por lo sucedido, sería ingenuo suponer que pagaran un precio alto por la pérdida de tantas vidas. Sin duda, intentarán culpar a las bandas criminales que recurren a la violencia y la corrupción a ambos lados de las fronteras, las cuales simplemente aumentaran sus tarifas por cruce. Si acaso, el chofer del tráiler será detenido y enviado a prisión.

Pero como ha ocurrido una y otra vez a lo largo de la historia, la muerte de inocentes –incluso de miles o millones de ellos–, suele tener muy poca trascendencia para quienes ocupan la cima del poder. La masacre de San Antonio representa un punto de no retorno, una encrucijada, un momento decisivo ante el cual nuestra falta de respuesta nos degrada a todos.

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