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Política y Economía

César Romero

La política es un desastre. En el Medio Oriente los odios más rancios estallan, convertidos en misiles que masacran inocentes. En Europa del Este, Ucrania se ha transformado en una enorme trinchera que intenta detener la ambición expansionista del neo Zar ruso.

La democracia se ha devaluado a un punto en el que, en Estados Unidos un motín de una secta legislativa de extrema derecha les permitió apoderarse del Capitolio. En Argentina es una mala broma. En tanto, en Palenque, Chiapas ocurre un extraño conclave de presidentes de varios países en proceso de desintegración a causa de la migración masiva de sus poblaciones. Entre ellos, Cuba, Venezuela, Honduras, Nicaragua (que no llegó) y México.

Tan mal está la política que, por confundir popularidad con liderazgo, fue suficiente un desastre natural, el huracán Otis, para evidenciar la fragilidad de la vieja liturgia del poder. La imagen del presidente con gesto de fastidio dentro de un vehículo militar atascado en el lodo lo dice todo.

Sin embargo, la economía del mundo cerrará el 2023 con una producción global de entre 105 y 112 millones de millones de dólares (trillions en inglés). Esto es, un crecimiento de un 5 por ciento respecto al año anterior. Por supuesto que buena parte de tanta riqueza se genera a expensas del ecocidio, la explotación y el sufrimiento de, al menos, media humanidad.

Vaya que resultó certero el alcance de la maldición china que da título a este espacio; “Ojalá que vivas en tiempos interesantes”. Y sí, lo son.

Llegaremos pronto al final del primer cuarto del siglo XXI. Llegaremos confundidos y quizá un poco aturdidos por el ruido mediático y los efectos sociales del primer cuarto de siglo de la revolución digital. Sigue siendo mucho más lo que ignoramos que lo que sí sabemos, pero me parece detectar dos lecciones básicas:

La primera: la concentración del poder es un fenómeno que parece imposible de detener. No solamente por la clara tendencia hacia una economía global dividida en dos grandes bloques China y Estados Unidos y sus respectivas áreas de influencia. También por la misma dinámica de los esfuerzos anti-monopólicos al interior mismo del capitalismo tradicional (Made in the U.S.A.), donde no deja de ser una enorme paradoja que el juicio que se sigue en una corte en Washington D.C., en contra de Alphabet, el testigo estrella del gobierno sea el C.E.O. de Microsoft.

Cierto que en las últimas dos décadas Google ha resultado el principal ganador en el mundo del internet. A grandes rasgos se puede afirmar que toda la perdida de audiencias y publicidad de los medios convencionales (TV, periódicos, radio, etc.), se ha desplazado a esa única compañía. Pero el hecho mismo que junto con el equipo de la Casa Blanca sea Microsoft –junto con Apple, Amazon y Meta (Facebook), una de las gigantes de la tecnología–, no es precisamente una buena señal.

Y lo es menos, si se considera la feroz oposición de los grandes grupos económicos privados contra los esfuerzos de la Federal Communications Commission (FCC) para que las comunicaciones relacionadas con el mundo digital –el internet y lo que de ahí surge– sean consideradas como utilities (una especie de bien común, como la electricidad o el agua potable) y no como una commodity (una materia prima, como el petróleo o productos agrícolas) y que por ende deben ser estrictamente reguladas para garantizar su neutralidad.

La segunda es aún más sencilla: el avance tecnológico mismo parece condenado a seguir atado a las dinámicas de este capitalismo salvaje en el que nos tocó vivir.  Desde el tema de las vacunas que hace poco salvaron decenas de millones de vidas, hasta terrenos más pantanosos como lo es el de la llamada “inteligencia artificial”, que hasta ahora es más bien una etiqueta llamativa para referirse al importante aumento en la capacidad de procesar data (cómputo) en relación con lo que hoy utilizamos.

De ser correctas ambas hipótesis, es de esperar más inequidad y más encono social. En ese contexto, no puedo negar una pequeñita luz de optimismo ante el hecho de que, a pesar del caos político, la economía global sigue creciendo.

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