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Biden, la hora de cumplir

Casi 5 años atrás, el vicepresidente Joe Biden se reunió con una pequeña multitud de activistas hispanos.  Político profesional, sabía muy bien que Hillary Clinton tendría muchos problemas para obtener el voto latino.

La percepción de su arrogancia, más las carretadas de estiércol digital con que un ejercito de hackers rusos trabajaba para inhibir la participación política de las minorías, abrían la puerta a un problema mucho mayor: la condición de Barack Hussein Obama, el gran líder global, un genio en el arte de mantenerse en “el lado correcto de la historia” como “Deportador en Jefe” de Estados Unidos.

Calificativo hiriente, porque venía de una luchadora social emblemática de la comunidad hispana y, sobre todo, porque era una gran verdad. Político de talento excepciona, Obama realmente nunca se comprometió con la causa de los inmigrantes. Ni siquiera cuando a principios de siglo, ocupando un escaño en el senado por Illinois, la comunidad mexicana de Chicago encabezó multitudinarias movilizaciones en demanda de la reforma migratoria que los compadres Bush y Fox habían anunciado como hecho inminente.

Con su extraordinario olfato político, Obama prefirió montarse en la ola de repudio a las guerras justicieras contra enemigos equivocados en Irak y Afganistán, cuidándose construir compromisos reales con la causa de los poco más de 10 millones de personas, la mayoría originarios de América Latina, que durante décadas se habían ganado, con muchísimo trabajo, un lugar en la gran nación de la inclusión y las oportunidades.

El hecho es que, por convicción o conveniencia, durante sus 8 años en la Casa Blanca la Administración Obama nunca invirtió el capital político necesario para sacar adelante la reforma integral que, incluso, buena parte del establishment republicano estaba dispuesta a respaldar.

“Ustedes ya son Americanos”, les dijo con franqueza e vicepresidente Biden a quienes lo acompañaron en aquella reunión en Baltimore. En un español bastante deslavado, ya en calidad de representante de una administración que llegaba a su fin, Biden reconoció lo obvio: la inmensa mayoría de los indocumentados ya han demostrado sus grandes aportaciones al país. Es clarísimo que cumplen con las leyes aún más que el resto de la población. Son vecinos, socios, trabajadores que contribuyen con mucho más de lo que reciben. Son padres y abuelos del segmento demográfico más dinámico en la economía estadounidense.

Poco eco tuvieron entonces las palabras del vicepresidente.

Hoy todo debe cambiar.

Es cierto que hay quienes se sorprenden por el relativamente alto apoyo electoral latino que fue capaz de obtener el aprendiz de tirano en las pasadas elecciones, nunca por arriba del 37 por ciento que consiguió Bush Jr. en el 2000 y 2004. Pero para quienes sí conocen las múltiples identidades que aquí han sido etiquetadas como el “bad hombres” o Mexicans , resulta perfectamente comprensible el cansancio –hartazgo en ocasiones—con que estas comunidades reciben las promesas de los políticos profesionales, en especial los del bando demócrata.

Por todo ello, como lo prometió abiertamente muy poco antes de la jornada electoral, Biden no puede, ni debe, darse el lujo de seguir posponiendo su compromiso de impulsar y sacar adelante la reforma que reconozca el gran valor económico de los trabajadores hispanos, su lealtad y compromiso con la patria por la que ellos mismos optaron y, sobre todo, con la necesaria reconciliación con los valores de inclusión y oportunidades para todos que dice representar.

Por cierto, su promesa que lo lograría dentro de los primeros 100 días de su administración. Le quedan menos.

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