¿Quién se llevará esta chatarra?

Por Jorge M. González

A principios de los años 70 mi familia vivía en Weekend, en La Guayra. Nuestra urbanización estaba muy cerca de Guaracarumbo, donde varios zagaletones nos reuníamos frecuentemente a pasar el tiempo fastidiando a los vecinos, o experimentando a ser adultos conversando sobre cosas diversas, incluyendo serias discusiones sobre las películas del momento o los escritos de Hesse, Huxley, Nietsche, Borges o García Márquez. Fue durante una de esas reuniones donde por vez primera probé el “Cocuy de Penca”, bebida alcohólica proveniente de plantas de agave, similar al mescal, pero desarrollada independientemente por indígenas Ayamanes, Xaquas y Jirajaras, en tiempos pre-colombinos de la actual Venezuela. Entre aquellos amigos recuerdo a Juan Loyola (1952-1999). Con inclinaciones artísticas, ya había expuesto en el “Liceo José María Vargas” donde, al igual que él, yo terminaría mi bachillerato.

Yo iría a la Universidad, a Maracay, donde me graduaría de agrónomo y comenzaría mi vida como entomólogo. Juan iría a Margarita donde establecería una empresa para vender ropa. Allí redescubriría su interés por múltiples expresiones artísticas: Poesía, fotografía, pintura, escultura, cine y performance. Autodidacta, haría una breve pasantía por la escuela Cristóbal Rojas. Polifacético y controversial, Juan es considerado uno de los artistas conceptuales más importantes de Venezuela.
Contribuyó a fundar el Complejo Cultural “Rómulo Gallegos” de Porlamar, Nueva Esparta, y el Movimiento Cultural “La Piel del Cangrejo”. Su obra sería reconocida nacional e internacionalmente. En Venezuela ganaría el Salón Arturo Michelena (1983) en la categoría de arte no convencional. Sería también galardonado con el premio especial del jurado de la séptima Edición del Festival Internacional de Cine Súper 8 y Video de Bruselas (1990).

Su performance más recordada fue “Asalto por la Dignidad, a los Tribunales de Justicia y a las oficinas del Congreso Nacional de Venezuela” de 1990. Siete jóvenes vestidos de blanco, representando las siete estrellas de la bandera de Venezuela, irrumpieron en el Tribunal de Justicia rompiendo bolsas plásticas conteniendo pinturas amarilla, azul y roja. Se arrastrarían entonces por el piso, tornándose marrón la mezcla de pinturas. Juan declamaba frases del Libertador Simón Bolívar. Apasionado, sensible, transgresor y vanguardista, amaba la esencia de Venezuela. Con la bandera atacaba y denunciaba la corrupción y las malas gestiones gubernamentales.

Durante aquellos años 80 y 90, era frecuente encontrar restos de vehículos, desechos de cualquier tipo, ruinas y estructuras abandonadas. Juan las pintaba con los tres colores de la bandera nacional. Cada “chatarra bandera” de Juan era provocación e insulto para las “ofendidas” autoridades, quienes las incautaban, desapareciéndolas de las vías públicas.

Hoy, en Venezuela, se ha banalizado el uso de la bandera y es común ver nuestro símbolo patrio o sus colores, hasta en lugares realmente poco apropiados. Sin embargo, el “comandante eterno”, su heredero y los corruptos adláteres que dirigen el régimen convirtieron al país en “chatarra”. Ellos ofenden no sólo a los venezolanos decentes y a la esencia del país, sino también a la memoria y la filosofía del primer venezolano que usó los colores patrios como protesta: Juan Alberto Loyola Valbuena.

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