Thanksgiving 2017… un país que se va

El Día de Acción de Gracias de este año será tan importante como el primero de 1621. Atrapado en la profunda crisis de valores que viven hoy Estados Unidos y buena parte del resto del mundo, con los vientos de la Tercera Guerra Mundial en el horizonte y los estragos de las fuerzas de la naturaleza golpeando diversas regiones, el jueves 23 de noviembre puede ser uno los últimos momentos de la gran nación americana como la sociedad modelo de modernidad que por casi 200 años fue el gran referente de una civilización global.

Es verdad que en la vida cotidiana Thanksgiving se ha vuelto en esa pausa forzada en la que cerca de 100 millones de personas viajan a través de país para pretender que la familia sigue siendo e pilar de la sociedad, mientras, en medio del aburrimiento del futbol (americano), se devoran cantidades imposibles de comida. Es cierto que al término “Thanksgiving 2017”, san Google tarda 0.48 segundos en entregar 52.6 millones de resultados, de los cuales la inmensa mayoría centrados en esa terrible enfermedad con que este país contagió a buena parte del planeta: el consumismo extremo.

Y, sin embargo, tanto para esos 40 millones de personas nacidas en otro país que hemos construido nuestro hogar en Estados Unidos, como para el resto de la población, el Día de Acción de Gracias es, muy probablemente, el día del año que mejor ilustra aquella retórica que presentaba a ésta como una nación con profundamente solidaria, que los primeros colonos en Plymouth descubrieron de la generosidad de los indios Wampanoag hace 496 años.

Nación creada por inmigrantes. Ejemplo universal de libertad y democracia. Paraíso de la oportunidad y la innovación. Refugio ante las tiranías y la miseria. Nación destinada personalmente por Dios para guiar el destino de toda la humanidad. En más de un sentido, Thanksgiving ha representado lo mejor de la gran Retórica Americana.

No solamente desde que, gracias al doble desplante nuclear de 1945, cuando este país se convirtió en el gran imperio militar que sigue siendo, el American Dream, el Día de Acción de Gracias –muy por encima de la Navidad–, ha sido esa oportunidad de hacer a un lado las diferencias y problemas de la vida cotidiana –guerras, colapsos económicos, desastres naturales, inclusive, y reunidos en torno a la mesa familiar, los Americanos recuperan por rato la ilusión de ser una gran nación, unida en su gran diversidad.

Sin importar el color de su piel, origen étnico y cultural, o el nombre del dios al que le rezan, cientos de millones de personas se reúnen para para compartir sus propias versiones gastronómicas de esa cena con raciones enormes de pavo horneado, puré de papa y pay de calabaza.

Muy probablemente este año, todas esas minorías que hoy son hostigadas, perseguidas y odiadas desde la propia Casa Blanca, también compartirán el Día del Guajolote, sea versión mexicana, salvadoreña, iraní y de algún otro rincón del mundo.

Ciertamente, la sociedad estadounidense nunca se ha distinguido por su humildad. Justo por ello este Thanksgiving es muy relevante: hoy que su clase política se hace pedazos en un brutalmente cínico juego de poder, hoy que la globalización económica que este mismo país creo e impuso en buena parte del mundo parece colapsarse al interior de esos más de 100 millones de personas que tienen un ingreso anual menor a los 30 mil dólares.

Más allá de ser el momento previo antes del re-comienzo del Black-Friday, ese triste ritual anual que consiste en asaltar los centros comerciales para ahorrar mucho dinero en productos que no necesitan, El Día de Acción de Gracias podría ser una buena oportunidad para celebrar que sus ancestros no hayan muerto de hambre debido a la generosidad de los Americanos originales… Aunque tuvieran que recocer que se trata de los mismos indios Americanos que poco tiempo después fueron exterminados en nombre de progreso y la modernidad.

Como todos los demás, Estados Unidos es un país de grandes contradicciones. Que, en el nombre de dios o del color de piel, o el lugar de origen, ha cometido barbaridad y media. Hoy que un oligarca ególatra aprovechó las muchas fallas estructurales del sistema económico y político para llegar a la presidencia y desde ahí marcar el ritmo de la vida pública desde el teclado de su teléfono celular, justo hoy que los señores de la guerra y la devastación de la naturaleza tienen un poder inmenso, hoy, el Thanksgiving es más importante que nunca.

En un planeta cuyo eje de rotación económico regresa a Asia (la economía estadounidense vale unos 18 millones de millones de dólares y la de China ya supera los 21 millones de millones), esta podría ser una última oportunidad antes de que la lógica del odio a los diferentes y la discriminación contra las minorías lleven al país al abismo del caos de la guerra inevitable. Ante uno escenario tan parecido al del acenso al poder del nazismo en Alemania y el fascismo en Italia y España, la mayoría de los ciudadanos estadounidenses mantienen su rechazo a la virulenta retórica anti mexicana, el aislacionismo económico y la feroz persecución de quienes consideran a Alá como su dios.

Pero si algo nos ha enseñado la historia es que el odio es contagioso. Y que las mayorías suelen mantenerse al margen de las grandes decisiones. Por ello, este Día de Acción de Gracias es una oportunidad que va mucho más allá del viejo ritual de mirar tres partidos de la NFL mientras el abuelo se bebe todo y los más pequeños se pierden en sus pantallas personales. Un buen comienzo sería que antes de iniciar la comilona, en ese momento raro en el que cada comensal da las gracias por lo que ha recibido durante el último año, alguno de ellos se atreva a reflexionar brevemente sobre lo que hoy tienen y lo viene: ¿es éste el Estados Unidos que quieren dejar a sus hijos?