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A la mitad del camino

Hace 5 meses, a inicios de febrero, murió, en Santa Clara, California, la primer victima de COVID-19 en Estados Unidos. Dentro de 5 meses, el primer domingo de noviembre, se llevarán a cabo las elecciones presidenciales de este país.

 

Sin duda alguna, este 20-20 será el año de la pandemia. “La peor crisis de salud en el último siglo”. El colapso económico también parece inevitable en prácticamente todo el mundo. Llega junio y como planeta, todavía no hemos llegado siquiera al punto más alto de la curva. A pesar del horror, cerca de 6 millones de infectados y casi 400 mil muertes, son apenas una pequeña cuota en este nuevo recordatorio de la fragilidad humana ante la fuerza de la naturaleza.

 

A la mitad del camino, cuando todavía no salimos del shock inicial, cuando seguimos atrapados en el pasmo y cuando el pánico colectivo sigue siendo una muy probable explosión social, es fácil que nos confundamos con un falso dilema: ¿qué es más importante, mantener el autoaislamiento o el regreso a la vida (económica) normal?

 

“Salud o economía”, pareciera ser la gran encrucijada que se expresa a través del cacofónico ruido mediático.

 

“Comer o morir”, nos dicen.  Como si la llegada de un nuevo virus capaz de invadir y destruir células sanas y multiplicarse por 2.5 en unos pocos días, fuera una especie de cura milagrosa para  la polarización política pre-contingencia y, por arte de magia, viniera a descarrilar la loca carrera económica internacional que, al menos en las últimas décadas, ha servido para empeorar la desigualdad social y acelerar la destrucción del medio ambiente.

 

El hecho es que, con todo y virus, más de la mitad de la población mundial vive dentro de la llamada economía informal; “viven al día”, y por ende difícilmente se han podido dar el lujo de atender el “quédate en casa” de las autoridades de salud. Con o sin virus, los trabajadores agrícolas, los empacadores de carne, siguen trabajando. En Europa y Estados Unidos –grandes epicentros de la pandemia hasta ahora–, la fuerza de la tecnología no pudo mantener abiertos los restaurantes y hoteles, pero sí permitió, en buena medida, que la economía de servicios siga operando.

 

De cualquier modo, los esquemas del juego político siguen siendo los de siempre. Con la misma vehemencia con que hace 4 años se convirtió en el nuevo campeón de la extrema derecha –de su país y otros muchos– destapando la caja del odio y los peores prejuicios, el presidente Donald Trump recomienda ingerir cloro contra la nueva enfermedad y promete luchar por “la liberación” de todos aquellos condenados a utilizar cubrebocas.  Es de esperarse que las fiestas del 4th of July serán espectaculares.

 

Más allá del obligado reconocimiento a la audacia –¿megalomanía? –, que lo ha llevado a hacer añicos muchos de los viejos paradigmas –democracia, civilidad, etc.-, y le ha permitido conducir durante años la narrativa mediática de un país con una gigantesca maquinaria propagandística, el proyecto del señor Trump pareciera haberse topado con el muro de la realidad.

 

Fue un microscópico organismo conformado por unas cuantas moléculas el que, en cuestión de semanas, derrumbo un boom financiero de 3 años (en un mundo polarizado “the great U.S.A.” era el mejor refugio para los grandes capitales). A pesar del desplante populista de salir a regalar dinero y echar a andar las imprentas del Departamento del Tesoro, el verdadero muro con que se topa la administración Trump son los más de 41 millones de ciudadanos que se han registrados como desempleados en los últimos dos meses.

 

Según las encuestas –las mismas que dieron a la señora Clinton como ganadora hasta el mismo medio día de la pasada jornada electoral–, el intento reeleccionista está condenado al fracaso. Desde el sótano de su casa, con un cubrebocas puesto, Joe Biden tiene todo para beneficiarse del referéndum del martes 3 de noviembre. Con que no meta demasiado la pata…

 

Ciertamente, la “nueva normalidad” que pudiera venir tras la era Trump difícilmente podrá regresar a su caja a los demonios del racismo y la xenofobia. La crisis económica que viene tendrá costos enormes. Con independencia de que las grandes industrias del Medio Oeste reanuden sus actividades en este mes y que los restaurantes de la Florida y los bares de Texas vuelvan a abrir sus puertas, la fuerza fundamental de la economía estadounidense está en sus dos grandes costas. Es allí donde está asentada la fuerza de la economía digital, las grandes inversiones y los principales mercados de consumo. Y al menos en California y Nueva York, la supuesta urgencia por salir a repartir abrazos, parece que podrá esperar algunas semanas más.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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