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Estados Unidos, “ruinas de un país que se imaginó de un modo y no llegó a ser”

La novela Desierto sonoro de la escritora Valeria Luiselli retrata el problema de la frontera entre México y Estados Unidos y la migración centroamericana

La apuesta de los medios de comunicación no es por la historia compleja, reportada; su apuesta es por lo más shockeante, violento, lo que además deshumaniza a las personas, a las que quizás en buena voluntad están tratando de retratar, señala la escritora Valeria Luiselli.

Agrega, en entrevista con UNAM Global, que “al retratar a las personas sólo como víctimas las personas que observan no son capaces tampoco de la empatía profunda con esas personas. Un cuerpo mutilado es un cuerpo deshumanizado, ¿por qué no contar la historia de esa persona antes? Esa persona como hermana de otra persona, alumna de una escuela, madre de unos hijos, profesionista en un ámbito”.

Los medios tienen prisa, la literatura no, acota. No tenemos que llegar rápido a decir las cosas y hay que recordarlo mucho como autor/a de ficción, porque vivimos también en el frenesí del tiempo que marcan los medios y de la velocidad de la vida en general. “Para escribir yo me tengo que recordar parar el tiempo y pensar sin prisa y por eso esta novela Desierto sonoro se centra tanto en el sonido como un medio documental. Uno no puede consumir el mundo de manera inmediata a través de la documentación sonora de un momento, sino que tiene que sentarse a través del tiempo con esa documentación sonora de algo, mientras que una imagen sí puede consumirse instantáneamente. El sonido me obligó a demorarme, a bajar la velocidad del tiempo en el que suelo vivir”.

En la novela Desierto sonoro los personajes miran un Estados Unidos decaído, abandonado, empobrecido, “ruinas de un país que se imaginó de un modo y no llegó a ser. El mundo de la frontera México-Estados Unidos en donde está estallando una crisis migratoria, donde hay una violencia institucional brutal hacia los niños que están llegando a pedir asilo y de un modo más remoto el mundo del que vienen esos niños y que atraviesan esos niños: México-Centroamérica que está presente en la novela, pero está presente sobre todo”.

Así lo retrata Valeria Luiselli en su novela:

“La abuela de las niñas las preparó para el viaje. Les dijo que sería un viaje muy largo y les ayudó a empacar sus mochilas: una biblia, una botella de agua, nueces, un juguete para cada una, ropa interior de recambio. Les hizo unos vestidos a juego, y el día previo a la partida, cosió el número de teléfono de Manuela en el reverso del cuello de los vestidos. Había intentado que se aprendieran de memoria los diez dígitos, pero las niñas no habían sido capaces. Así que cosió el número en los vestidos y les repitió, una dos y muchas veces, una sola instrucción: no debían quitarse nunca los vestidos, ni para dormir, ni siquiera si se les ensuciaban, nunca, y tan pronto como se encontraran con el primer gringo, fuera éste un policía o una persona normal, hombre o mujer, tenían que enseñarle el interior del cuello. Así, esa persona llamaría al número que ella les había cosido en el vestido y les dejaría hablar con su mamá. Ya luego vendría todo lo demás”.

Luiselli señala que le interesa documentar la vida cotidiana casi como con un impulso antropológico de quien sabe o siente que está documentando algo que está por esfumarse. “A pesar de que todo mundo está con las selfis e Instagram, los tuits, a pesar de que todos estamos documentando el minuto a minuto de la vida cotidiana y la vida de la mente hay una sensación de presente efímero”.

La literatura, dice, está hecha de las hebras invisibles que nos unen. “Con el lenguaje tejemos una narrativa en común, una narrativa que no tenemos necesariamente que compartir al 100 por ciento pero que nos da un mundo adentro del cual movernos”.

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