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Fanatismo, el lado oscuro del ser humano

Daniel Francisco

“Lamento no haber escrito un libro más crítico”. Esas fueron las palabras que Salman Rushdie le dijo al periodista que lo entrevistó horas después de darse a conocer la amenaza de muerte contra él.

En su libro Memorias. Joseph Anton escribe: “No tenía la impresión de que su libro (Los versos satánicos) fuera particularmente crítico contra el islam, pero, como declaró esa misma mañana a la televisión norteamericana, a una religión cuyos líderes se comportaban así quizá no le venía mal alguna que otra crítica”.

Habían pasado 33 años desde aquella condena a muerte por parte del ayatola Jomeini, 33 años en los que temíamos encontrarnos con la imagen del viernes 12 de agosto en los medios de comunicación. 33 años pensando que la libertad había vencido.

El ataque contra el autor de Hijos de la medianoche simboliza el triunfo del fanatismo, de la violencia. Rushdie lo dejó claro en sus memorias: el fanatismo es el lado oscuro del ser humano.

En ese libro donde relata los días en los que se tenía que esconder en un sótano, en casas de seguridad, huyendo de la muerte, viviendo los momentos de duda de su vocación. Pero una vez que sabe que esas dudas conectan con su propia identidad logra contar su historia.

La condición eterna del migrante, quien fue despojado de su hogar, de su cultura, sus tradiciones, es el motor para iniciar su novela Hijos de la medianoche. Y da el salto al abismo: abandona su trabajo en la agencia de publicidad y se dedica a escribir de tiempo completo.

Los medios en su afán de contar la historia completa no dejarán de transmitir las imágenes del caído, del escritor herido que yace en el suelo víctima de varias puñaladas. Repetirán los detalles de su estado de salud (¿se recuperará?, ¿perderá un ojo?) y nos contarán las reacciones de sus enemigos y las motivaciones del asesino.

¿Volveremos a ver a Salman Rushdie en las ferias del libro, con su sonrisa y amabilidad? El escritor recuerda que en una de las presentaciones de Hijos de la medianoche una mujer le dijo:

“Le doy las gracias señor Rushdie por haber contado mi historia”. Se le hizo un nudo en la garganta.

Irene Vallejo rememoró en su twitter la espiral de odio contra Salman Rushdie: “en 1991 fue asesinado por traducir Los versos satánicos el catedrático japonés Hitoshi Igarashi. En julio de 1993, en la ciudad de Sivas (Anatolia), extremistas islámicos prendieron fuego al hotel donde se alojaba el traductor turco del libro. Él sobrevivió, pero murieron quemadas 37 personas”.

El abrazo más cálido, más fraterno, más reconfortante que Salman Rushdie recibió después de la fetua (pronunciamiento legal que ordenaba su muerte) fue de la mamá de su hijo Zafar. En sus memorias Rushdie cuenta que le preguntó: “Papá, ¿por qué no escribes libros que yo pueda leer? El escritor le contestó: “Buena pregunta. Tú déjame acabar este libro con el que estoy ahora y escribiré uno para ti”. Y así lo hizo, escribió Harún y el Mar de las Historias.

Rushdie ha vivido 33 años perseguido por el rencor, el odio y el fanatismo y se ha recuperado. Esto escribió sobre esos primeros momentos: “Después de la fetua de Jomeini volvería a tocar fondo, y una vez más hallaría ahí las fuerzas para seguir adelante, y para ser él mismo de manera más plena”.

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