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Guerras

César Romero

Que como humanidad vivimos una especie de periodo pre-guerra y qué las fronteras nacionales son un concepto cada día más difuso y poroso son dos de las ideas constantes de este espacio de opinión.

Me sigue pareciendo de horror el paralelismo histórico entre estos Tiempos Interesantes y las crisis sociales y económicas que hace casi un siglo abrieron (legalmente) las puertas al poder político a fascistas y nazis. Así leo el actual avance de las grandes oleadas populistas, sobre todo de extrema derecha, en muchos países del mundo.

A la profunda descomposición social provocada por los conflictos bélicos en Irak, Afganistán y Siria siguen las crisis detonadas por la invasión Rusa a Ucrania y ahora, los atentados terroristas de Hamas contra Israel, así como la esperada brutal respuesta contra el pueblo palestino.  Hoy es más claro que nunca la vigencia de una vieja verdad: al fracaso de la política sigue el estruendo de la violencia.

Sin considerar aquí el peor de los escenarios posibles –una conflagración nuclear a escala global–, lo que tenemos hoy perfectamente puede ser descrito como un desastre mundial.

Además de la mezquindad y megalomanía que se reflejan en una agenda que podríamos identificar como imperialista de viejo cuño (Putin) o las amenazas aislacionistas más o menos extremas de las versiones un poco más “modernas” (Trump, Brexit), desde comienzos de siglo son cada día más frecuentes la irrupción de actores político-militares no-estatales como Hamas, Hezbollah, el crimen organizado, Al Queda, Isis y los numerosos grupos racistas, xenófobos y de extrema derecha que pululan en buena parte del planeta.

De la guerra como recurso marketing –digamos la “guerra contra las drogas”–, pasamos a escenarios en que los números sobre miseria, desigualdad económica y violencia en amplias regiones del mundo –como México o Centroamérica– son equivalentes a lo que se registra en zonas que padecen conflictos armados en África o Medio Oriente.

A contracorriente con la visión antigua que limita el concepto al enfrentamiento armado entre dos o más países, hoy la violencia bélica está presente en casi cualquier lugar con polarización política extrema. Incluso llega a ser mayor el caos que provocan los cárteles criminales y los grupos terroristas, algunos conflictos étnicos o el simple estallamiento casi cotidiano de ráfagas de armas de alto poder en contra de civiles inocentes

Cada día más los conflictos violentos de amplia escala son una realidad al interior mismo de más y más naciones. Y no se trata de menospreciar el rol de instrumentos burocráticos internacionales como lo es la Organización de las Naciones Unidas. Tampoco de suponer la inminencia inexorable de algún tipo de apocalipsis. Mucho menos de responsabilizar a la “cultura mediática de la violencia”, tan atractiva como catarsis. No intento, siquiera, reivindicar objeciones morales ante todo el sufrimiento humano que la racionalidad de la guerra y la destrucción suelen ignorar. Incluso podría aceptar que la violencia forma parte de nuestra propia naturaleza como especie.

Mi problema está con la posibilidad de que nos terminemos por acostumbrar a que los profundos desajustes en la distribución del poder y los privilegios solamente pueden ser resueltos a través de la violencia. Y peor, a que el desencanto ante la eterna utilización de las banderas más nobles y puras para justificar las peores barbaridades termine por ocultar que, muy frecuentemente, los detonantes reales de las grandes guerras suelen ser las ambiciones personales, el rencor, la inseguridad y el miedo.

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