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Intérpretes y traductores indígenas lograron la mezcla cultural del México actual

La historia de la Conquista, de la Nueva España y de los regímenes coloniales es, de alguna manera, la historia misma de los intérpretes y traductores indígenas que sirvieron de puente entre Mesoamérica y Europa, asegura la profesora Berenice Alcántara Rojas, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

“Hablar de los primeros encuentros entre españoles e indígenas nos remite a batallas y alianzas, pero solemos olvidar que no todo se jugó en arenas políticas, militares o económicas, pues al tiempo que las piezas se movían en dichos tableros había también una lucha por controlar los significados, es decir, por administrar a quién se le daba tal información y a quién se le negaba, y por determinar qué convenía decir y qué callar. La importancia de ello era tal que de eso dependía la coincidencia o el choque de gente nacida en mundos distintos”.

De principio, señala la investigadora, sin estos personajes hubiera sido imposible difundir el cristianismo en lo que hoy es México, y los pueblos originarios no habrían podido responder a las exigencias de los dominadores ni a los cambios experimentados en sus mismas comunidades; a través de estos hombres y mujeres fluía la comunicación entre los indígenas y las autoridades españolas, los encomenderos, los evangelizadores y muchas otras instancias.

“El papel de estos intérpretes y traductores va más allá de transmitir mensajes orales o escritos: eran verdaderos mediadores culturales, es decir, personas versadas en culturas y lenguas que negociaban y administraban qué comunicarle a los europeos y a los indígenas a fin de obtener resultados concretos. Como podemos sospechar, no eran neutrales, siempre tenían un bando: hubo quienes colaboraron para hacer caer a Tenochtitlán, estuvieron aquellos en favor de señoríos locales y los que se manifestaron contra los españoles y sus abusos”.

Sobre este interés por incidir en los eventos, la doctora Alcántara pone de ejemplo a la intérprete más conocida de la Conquista, a Malintzin o doña Marina. “Esta mujer pudo acotarse a servir a los españoles en lo doméstico y sexual, pero prefirió revelarse como políglota y hablante de náhuatl, la lengua política de la Ēxcān Tlahtōlōyān o Triple Alianza. Proveniente de una comunidad sometida por los aztecas y a sabiendas que sus enemigos eran los de Cortés, ella le hizo saber con qué ejércitos unir fuerzas para ir contra los mexicas y ello marcó, en definitiva, el rumbo de la historia”.

La profesionalización de un oficio

La profesora Alcántara asesoró la película Malintzin, la historia de un enigma, documental dramatizado que —fuera de algunos detalles, como que los mayas ahí representados fueron caracterizados como si vivieran en el periodo Clásico, mientras que los que recibieron a los españoles en realidad pertenecían al Postclásico—, busca ser lo más rigurosa posible en cuanto a lo histórico.

En el filme dirigido por Fernando González Sitges se retrata, en parte, cómo el azar terminó por hacer de estos hombres y mujeres intérpretes y traductores, uno de los aspectos destacados por la investigadora al participar en el ciclo El Historiador frente a la Historia.

“Estos mediadores culturales lo fueron por casualidad o por la fuerza. En sus primeros encuentros era común que los europeos tomaran prisioneros a los nativos y, si les veían aptitudes, los secuestraban y embarcaban a Cuba con el fin de enseñarles castellano. Más tarde se crearía el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco —por citar al más importante, aunque hubo otras escuelas conventuales dedicadas a lo mismo— enfocado a formar una élite nahua profesionalizada en la traducción y de donde salieron intérpretes para los juzgados, las audiencias y que tradujeron obras intelectuales y religiosas”.

Como territorio sometido al dominio árabe por siglos y acostumbrado a tratar con musulmanes y sefardíes, España era muy consciente de la importancia de los intérpretes y por ello buscó desarrollar el oficio en América; sabía que sin el respaldo de estas personas fracasarían sus avances colonialistas y que resultaría casi imposible recaudar tributos, llevar a los indígenas a trabajar lejos de sus comunidades, convertirlos al catolicismo y cambiarles su forma de ver el mundo.

“Sin embargo, un aspecto no bien calculado por los españoles es que, si bien estos traductores transmitían los valores occidentales, al mismo tiempo usaban sus conocimientos para mitigar los embates de la Colonia. Este fenómeno sería bautizado por el antropólogo Guillermo Bonfil Batalla como ‘control cultural’, y fue una de las tantas estrategias a las que recurrieron los indígenas para procurarse márgenes de decisión acerca de su participación en el nuevo orden y sobre cómo frenar, hasta donde se pudiera, los abuso y los despojos de tierras tan frecuentes en la segunda mitad del siglo XVI”.

En una de las obras escritas justo en la época, El Quijote, Miguel de Cervantes hacía decir a su ingenioso hidalgo: “Me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se ven las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se ven con la lisura y tez de la haz”.

Al respecto la doctora Alcántara subraya que en estos ejercicios es imposible hacer una calca exacta de significados y, por lo mismo, los mediadores culturales aprovecharon este juego de claroscuros para tomar a discreción elementos de uno y otro mundo, los cuales, al confluir en un mismo espacio, conformaron el México de hoy.

“Solemos decir que somos una mezcla de elementos europeos y mesoamericanos; fueron justo los intérpretes y traductores quienes decidieron qué de Occidente llevar a los nativos y viceversa, pues también las autoridades virreinales recibieron información filtrada de lo indígena. En esta cadena de comunicación siempre hubo alguien que decidió qué incluir y excluir. Así, día a día, estos mediadores culturales dieron forma a la naciente sociedad de la Nueva España”.

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