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Migración, dinero y origen étnico

Ilse Valencia / Erik Hubbard / Nycol Herrera

  • La Encuesta Nacional de Migración 2014 y la línea base de la campaña Los Hilos que Nos Unen, de la OIM, muestran que la discriminación hacia los migrantes no es generalizada
  • Esta problemática debe atenderse de forma multisectorial, comenta Agustín Morales Mena, de la FCPyS de la UNAM

En México, seis de cada 10 personas migrantes en albergues han sido discriminadas por esa condición, según un sondeo realizado en 2023 en el marco de la evaluación y línea base de las campañas de Comunicación para el Desarrollo (C4D) del Programa Regional Sobre Migración de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) de la ONU, señala Agustín Morales Mena, coordinador de este ejercicio y académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM.

A lo largo del territorio nacional, la discriminación hacia los migrantes se da a nivel social e institucional, pero no de forma generalizada. El país de origen, poder adquisitivo y fenotipo influyen en este trato diferenciado.

Nesly Romulus, migrante haitiano; Moisés Morales, hondureño, y Grindelia López, venezolana, tienen en común el sueño de llegar a Estados Unidos. Los tres coinciden al señalar que, en su paso por México, han sido discriminados.

Discriminación contra personas migrantes

El profesor Agustín Morales explica que la discriminación es el trato diferente y arbitrario que excluye, margina o priva a una persona o grupo de sus derechos por sus características físicas, económicas y socioculturales, y se basa en estigmas, prejuicios y estereotipos.

Esta situación viola sus derechos, reproduce la desigualdad y genera desconfianza, exclusión y autosegregación. También elimina el potencial de cooperación económica, cultural y social, e impacta en la salud mental, el bienestar físico y el desarrollo de aquellos que la padecen.

“Un migrante es aquella persona que decide cambiar su lugar de residencia a nivel nacional o internacional, de forma temporal o permanente, y por razones familiares, económicas, culturales, académicas o ambientales”.

Hay quienes son regulares y cumplen con los requisitos de ingreso y estancia en un país, como la visa o el pasaporte, y hay quienes son irregulares, es decir, que ingresan por vías no institucionales o que, sí lo hicieron de forma legal en algún momento, han superado su tiempo previsto de estancia, añade.

Nesly Romulus nació en Haití hace 32 años y quiere llegar a Estados Unidos. Hace un mes él arribó a la Ciudad de México, donde permanece en un campamento migrante. “En mi país no tenemos presidente y la situación económica es complicada, por eso busco una mejor vida”.

Moisés Morales es un joven de 21 años que se encuentra en el mismo campamento. Él y su familia salieron de Honduras el 17 de noviembre de 2023 con el objetivo de llegar a la Unión Americana. “Decidimos irnos por la falta de empleo, por la mala economía del lugar”.

Por su parte, Grindelia López, venezolana de 49 años y madre de dos jóvenes, está intentando llegar a la frontera norte por segunda vez. “Salimos en octubre del año pasado, llegamos a Piedras Negras y de ahí nos regresaron a la frontera sur. Estamos tratando de nuevo porque mi país está mal y quiero una mejor calidad de vida para mí, para mis hijos y para ayudar a mi familia en Venezuela”.

En el año 2000, el Censo de Población y Vivienda del INEGI contabilizó 492 mil personas extranjeras en México, mientras que en 2020 registró un millón 200 mil, lo cual representa el uno por ciento de la población del país. Comparada con otros países, ésta es una cantidad menor: en EU o Alemania el porcentaje de extranjeros es del 15 por ciento, en Chile del ocho y en Colombia del cinco”.

Al consolidarse como país de destino, México se ha convertido en un espacio de encuentro y desafíos para la integración. Al respecto, Agustín Morales observa un crecimiento en las prácticas xenófobas y discriminatorias, las cuales se exacerban en los medios de comunicación y redes sociales cada que aparecen publicaciones o “posts” que reducen a las personas y sus acciones a su origen nacional, cultura o fenotipo.

La discriminación contra personas migrantes es el trato desigual y jerarquizante que excluye, margina o limita el acceso a derechos de quienes llegan al país. “En México ésta no es generalizada, amplia ni total, es decir, no a todos quienes migran se les trata igual, algunos son mejor recibidos por su nacionalidad, apariencia o poder adquisitivo”.

La Encuesta Nacional de Migración 2014 y la línea base de la OIM de su nueva campaña Los Hilos que Nos Unen, de 2023 (ambos ejercicios realizados por el profesor de la FCPyS), evidencian tal situación.

Los perfiles más discriminados por los mexicanos son los africanos, centroamericanos, sudamericanos, caribeños y asiáticos. Hacia ellos hay mixofobia, es decir, miedo o rechazo a lo diferente, nuevo y diverso, caracterizado por una actitud cerrada y negativa hacia la mezcla de culturas, ideas y experiencias. En contraste, los más aceptados son los estadunidenses, canadienses y europeos; con ellos ocurre lo contrario, hay mixofilia, concepto que refiere a la atracción o fascinación por lo diferente, nuevo y diverso.

Tipos de discriminación

La Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS) 2022 estima que 28.8 por ciento de la población migrante de 15 años o más (que nacieron en otro país o cambiaron de residencia en el lustro previo) declaró haber sido discriminada en los últimos 12 meses.

En el sondeo realizado entre 378 migrantes mayores de 18 años en distintos albergues –en mayo de 2023 y en el marco de la línea base de la campaña Los Hilos que Nos Unen, de la OIM– a la pregunta ¿qué tanto discriminan los mexicanos a los migrantes?, sólo dos por ciento indicó que nada y 23 por ciento dijo que poco, mientras que el 74 por ciento consideró que algo o mucho.

Al preguntarles si en México habían sido discriminadas por alguna razón, seis de cada 10 personas señalaron que sí, por su condición de migrante, el 59 por ciento que por no tener dinero y una de cada dos por su manera de hablar.

Además, al 43 por ciento lo discriminaron por su forma de vestir, al 42 por ciento por dormir en un albergue, al mismo porcentaje por sus costumbres y cultura, al 27 por ciento por su color de piel, al 21 por ciento por su orientación sexual y al 17 por ciento por su religión.

Al respecto, el académico señaló que la discriminación contra migrantes puede englobarse en dos niveles: social y estructural.

“El primero ocurre en la vida cotidiana y muchas veces se invisibiliza. Opera a partir del clasismo, aporofobia (miedo a la pobreza), discriminación verbal (gritos del estilo “¡regresen a su país!”), violencia física o letal, sobrecosto de productos y servicios, explotación-esclavitud y la negativa a darles acceso a negocios o establecimientos”.

El segundo se da mediante las instituciones del Estado y opera con la legislación de políticas públicas o en su aplicación omisa. “Limita el acceso a la vivienda, estudio, salud, justicia o servicios bancarios. Esto se ve en el perfilamiento racial en las detenciones migratorias, en la persecución, criminalización y securitización de la migración, es decir, cuando desde el discurso público se habla de esto como una amenaza a la seguridad nacional y no como lo que es: un fenómeno social tan añejo como la vida en sociedad y los movimientos humanos”.

En este escenario, Nesly se describe como víctima de la misma discriminación padecida por los haitianos, venezolanos, hondureños y africanos de su campamento. “Necesitamos agua. Fuimos al supermercado y la gente no quiere darnos de beber”.

Moisés trabajó junto a otros migrantes en una construcción durante una semana y dos días, y la empresa se negó a pagarles hasta que intervino una autoridad: “Ahí trabajaban un montón de inmigrantes. Nos retrasaron el pago y fuimos a cobrarles. Se negaron hasta que la policía les pidió hacerlo. Nos dieron mil 500 pesos por una semana de mucho trabajo pesado y después de 10 días. No es justo”, dice con impotencia.

Grindelia ha tenido problemas para transportarse. “Caminamos 198 kilómetros, seis días y seis noches, porque los buses no nos venden pasajes y, si lo hacen, nos los dan más caros. Por ejemplo, si sale en 150 pesos a nosotros nos cobran hasta 600”.

Además, fenómenos como la gentrificación evidencian la discriminación no generalizada. Un ejemplo claro es la colonia Juárez de la Ciudad de México. “Ahí la COMAR (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados) dejó de atender a las personas solicitantes de refugio y trasladó su atención primero a Tláhuac y recientemente a Naucalpan por presión de los vecinos. Entonces ¿quiénes sí son bien recibidos ahí? Los nómadas digitales con dinero llegados de Estados Unidos o Europa, es decir, del norte global”, comenta el profesor Morales.

Por ello, enfatiza la importancia de dimensionar y entender que no puede haber un doble discurso donde unos sí son bienvenidos y otros no. “Mucha de esta discriminación va atravesada por el mismo clasicismo, racismo y brechas, por ejemplo, de género, que ejercemos entre nosotros mismos como mexicanos”.

Poner fin a la discriminación

La discriminación tendría que atenderse de forma multisectorial. “Debe involucrarse el gobierno, la sociedad civil y relacionarse con las empresas porque, para garantizar la integración de los migrantes, es necesario facilitarles el acceso a trabajos”, plantea Agustín Morales.

En México se han realizado algunos esfuerzos, comenzando por la Constitución, que prohíbe la discriminación por motivos de origen nacional. Por su parte, la Ley de Migración establece medidas para promover el acceso de migrantes a la educación, salud, trabajo y vivienda. Además, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación ha elaborado protocolos para evitar el perfilamiento racial en operativos migratorios.

“Lo preocupante no son las legislaciones, sino su aplicación. Es necesario que los gobiernos abracen esta diversidad. Hay que verlo en presupuesto, políticas públicas, capacitación y sensibilización de los servidores públicos, y dejar atrás la política migratoria securitaria”.

En cuanto a la sociedad civil, existen organizaciones que promueven los derechos de las personas migrantes y el combate a la discriminación.

Las organizaciones internacionales también trabajan en esto: en diciembre de 2023, en México, la OIM de Naciones Unidas lanzó la campaña Los Hilos que Nos Unen.

“Con actividades lúdicas y culturales en Monterrey, Puebla, Oaxaca, Villahermosa y la Ciudad de México se hizo un llamado para poner un límite a los discursos de odio. El objetivo es transformar las narrativas de la migración a través de la creación de espacios inclusivos para celebrar la amabilidad, empatía y solidaridad como valores universales. La campaña va dirigida a población de acogida, instituciones de gobierno, sector privado y a los migrantes”, apunta Agustín Morales.

A pesar de los tratos discriminatorios que Nesly, Moisés y Grindelia han vivido en su tránsito por el país, reconocen la ayuda que han recibido de algunas personas. “Es una trayectoria difícil, de mucho sufrimiento y peligro que nos ha llevado a no dormir o hacerlo en la calle. A veces no comíamos porque nos quedábamos sin pisto (dinero), aunque gracias a Dios, gente buena nos ha apoyado”, platica Moisés.

Con decepción y coraje Grindelia narra que fue maltratada física y moralmente, junto a sus hijos, como parte de la discriminación estructural existente, pero se siente agradecida con quienes le han ayudado. “Nos dieron comida, ropa, cobijas o un espacio para descansar, aunque hay quienes deben mejorar el trato porque todos somos humanos; lo único que nos distingue de ellos es que nosotros somos migrantes”.

El profesor Morales subraya que es importante diagnosticar, visibilizar, proponer e involucrarse en este tema desde la academia, y señala que la sociedad debe sensibilizarse y conocer más sobre los efectos de la discriminación. Esto implica desaprender y reaprender prácticas para regresar a ese sentido de humanidad y empatía de unos con otros. “Debemos dejar de usar a personas de otras latitudes como chivos expiatorios, porque los problemas de desigualdad, precarización laboral e inseguridad no son culpa del uno por ciento de la población. No debemos reforzar la identidad nacional a partir de la sumisión o jerarquización del otro”.

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