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Pánico & Pandemia

César Romero

Aunque enterradas por nuestra ignorancia, prejuicios o simplemente porque se trata de horrores tan grandes que no somos capaces de procesar, las pandemias ocupan un lugar central en la historia trágica de la humanidad.

La Peste Negra, que mató a casi la mitad de la población europea, o la Influenza Española que tuvo un costo de entre 50 y cien millones de vidas humanas son, probablemente, los ejemplos más notorios.

Hasta que llegó el Covid-19. En la Aldea Global que nos tocó vivir, los más de 5.5 millones de fallecimientos y más de 330 millones de casos reconocidos hasta ahora por los diversos gobiernos del mundo son, junto con el cambio climático, los principales jinetes de las nuevas narrativas apocalípticas.

En este contexto, el inicio del año tres de la pandemia es una buena oportunidad para subrayar cuatro de las lecciones que esta dolorosa experiencia nos ha dejado:

La importancia de la ciencia. Más que nunca, en este caso el “milagro” ha sido la capacidad de la comunidad científica internacional de desarrollar y producir masivamente la vacuna contra este virus en menos de un año.  La vacunación es la principal razón por la que la cantidad de muertes no ha sido mucho mayor. Eso, junto con la adopción, entre varios miles de millones de personas, de medidas básicas de higiene personal, constituyen un verdadero avance de dimensión histórica.

Es cierto que el acceso a la inmunización ha sido muy desigual. Por ello, mientras amplias regiones del planeta sigan con mínimo acceso al fármaco, todos seguiremos en pandemia.

El alcance de los gobiernos. Es cierto que en un puñado de países —destaca China y su autoritarismo altamente tecnológizado–, han logrado encapsular y por ende detener la propagación del virus. Sin embargo, la inmensa mayoría de los gobiernos se vieron claramente rebasados, tanto por la enfermedad en sí, como por las reacciones sociales ante el problema. Unos peor que otros, gobiernos como el de Estados Unidos, Brasil, India, Rusia, México, Perú e Inglaterra –por citar a los países con mayor cantidad de muertes— fueron incapaces de disimular las profundas fallas de sus sistemas de seguridad social.

A estas alturas del partido, resulta evidente que ante desafíos de este tipo, son las propias sociedades –y no sus autoridades– el mejor y, al mismo tiempo, el peor de los recursos.

Aunque de consuelo no sirve de mucho, vale enfatizar que ese 20 o 30 por ciento de la gente que no quiere vacunarse –los “covid-idiotas”, los que van a fiestas presenciales y “trabajan” a distancia, los trumps, djokovics, bolsonaros y sus múltiples clones–, constituyen una minoría con respecto al resto de las poblaciones. Si finalmente la biología se impone y todos nos vamos a contagiar, los predicadores de la estupidez estarán entre los primeros en pagar el costo.

Economía y “mundo real”. Muy poco considerado por los fundamentalistas de cualquier signo ideológico es el hecho de que en términos generales las actividades económicas “esenciales” nunca se detuvieron. A pesar del brutal golpe que la necesaria “distancia social” representó para el sector de servicios –atemperado de manera notable por el uso de las nuevas tecnologías–, las actividades agropecuarias y buena parte de la industria, nunca se detuvieron. Aumentó la pobreza extrema en muchos países, hay desabasto de muchos productos, por supuesto que sí; pero no tengo duda de que el desenlace pudo ser peor.

El miedo también mata. No me parece exagerada sostener que el rol que históricamente jugaron las iglesias en las pandemias anteriores, esta vez lo ocuparon Los Medios. En ese contexto, seguramente lo hicieron bastante mejor. Sin embargo, creo que dejan amplio espacio para la autocrítica. Por ejemplo: (1) centrar la cobertura en lo que hace o no hacen los gobiernos, (2) el énfasis “natural” en la información negativa (si hay mil pacientes conectados a un respirador y una persona muere en la sala de espera “la nota” –obviamente—es ésta última), (3) la tendencia “natural” de confundir datos con anécdotas.

Si algo hemos tenido que aprender en la revolución digital de las últimas décadas –sobre todo con “las benditas redes”—es que lo qué más comunica son las emociones. En México lo hemos constatado al menos en tres momentos: al principio cuando el virus llegó a Italia, queríamos aislarnos en ese mismo momento; cuando tuvimos la tentación de hacer el “quédate en casa” un asunto obligatorio, ignorando que más de la mitad de la fuerza laboral no pude hacerlo, pues vive al día; y con la tentación de algunos de forzar un regreso presencial masivo, negando de hecho, que la nueva realidad es híbrida.

Sin negar el enorme valor de la información en el manejo de una crisis, me parece que hay también un riesgo mayor cuando la maquinaria mediática se transforma en coro, en una especie de masa que provoca catarsis y reacciones viscerales. Y, como sabe bien en la Social Media, el miedo es la emoción que más mueve y moviliza, que más likes genera. De ahí al linchamiento, que también mata, hay poco trecho.

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