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Pesadilla recurrente: Donald Trump

César Romero

Para quienes padecemos la enfermedad crónica del optimismo la “noticia” puede ser difícil de digerir: Donald Trump está en ruta para regresar a la Casa Blanca. En otras palabras, ni su innegable comportamiento criminal, ni sus intentos golpistas o incontables desplantes ególatras y vulgares han sido suficientes para que se quede en el basurero de la historia al que, suponíamos, estaba destinado.

Justo a once meses  de la elección presidencial del primer martes de noviembre de 2024, las encuestas que indican que en cuatro de los cinco estados clave Trump derrotaría a Biden son un contundente recordatorio de la gravedad del fenómeno social que el caballero del peluquín anaranjado representa.

Si por un momento aceptamos aquello de que “el pueblo es sabio y nunca se equivoca”, tendríamos que reconocer como validos una buena cantidad de los desplantes racistas, discriminatorios, xenofóbicos y autoritarios con que el señor Trump se ha logrado mantener su popularidad y en control del Partido Republicano.

Por supuesto que es todavía mucho lo que puede ocurrir en los próximos meses. Los movimientos estratégicos de Xi Jinping, la ambición imperial de Vladimir Putin o el previsible colapso de Benjamín Netanyahu pueden cambiar todo el escenario de un momento a otro. Además de que la ventaja de Trump tiene su principal sustento en la aparente debilidad de un Joe Biden cuyo principal “pecado” sería su longevidad.

De cualquier modo, el hecho mismo de que Mr. Trump siga con posibilidades reales de repetir la sorpresa de 2016 con una oferta de cambio peligrosamente parecida a la formula del populismo que arrasó Europa hace casi un siglo, debería ser motivo de preocupación mayor, sino que franca depresión.

A pesar de su narcisismo, brutal capacidad de comunicar, mentir, manipular e incluso seducir a amplios grupos sociales, mucho más que ser la causa de estos tiempos aciagos e “interesantes”, Trump es un síntoma. Multimillonario a partir del engaño, el fraude y la evasión fiscal. Famoso por sus escándalos, excesos y fascinación por los villanos y autócratas.  Poderoso desde la intimidación, las agresiones y la promoción del odio.

En 2020 Trump perdió en las urnas y pocas semanas después intentó robarse la Casa Blanca. También fracaso, pero algunas de sus principales banderas –racismo, violencia contra minorías y xenofobia–, siguieron avanzando. En su país y más allá.

En pocas semanas inician los procesos de elecciones internas de demócratas y republicanos. Las batallas por el control de las narrativas serán brutales. La primera busca que el presidente Biden decida no buscar la reelección con el argumento de que es “demasiado viejo”, pues cumplirá 81 años en estos días. El “argumento”, que pasa por alto que casi una cuarta parte de la población estadounidense tiene 60 años o más, rompería toda la estrategia de una clase política plagada de defectos pero que en 2020 logró detener el colapso que Trump representa.

Los múltiples procesos judiciales en contra del virtual candidato republicano pueden concluir con una declaración de “culpable”, lo cual si bien podrían alimentar el fuego entre los grupos más extremistas que lo apoyan, bien podrían disminuir de manera notable su aceptación entre esa quinta parte de la ciudadanía que se declara “independiente”.

En cualquier caso, el hecho mismo de que un personaje como Trump (podríamos decir Milei, Ortega, Maduro, Putin, o tantos otros neo-populistas que hoy ocupan posiciones de poder alrededor del mundo) sigan manteniéndose en la cima de la pirámide debería ser motivo de preocupación.

Por supuesto que, tratándose de Estados Unidos, principal potencia militar del planeta y supuesto modelo global de democracia y libertad, su caso tiene particular relevancia. Sobre todo, para los países y sociedades en donde pueden ser mayores las consecuencias del posible retroceso histórico.

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