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Tierra de gigantes

César Romero

Charles Darwin no es el autor del proverbio “el pez grande se come al chico”, pero debería serlo, pues pocas expresiones ilustran mejor el pensamiento del celebre “naturalista”; incluso por encima del “survival of the fittest”, el concepto que devela el lado más salvaje de la naturaleza y también la esencia misma del orden económico actual.

La brutal concentración de la riqueza y los negocios del último medio siglo puede ser el dato central para entender estos tiempos interesantes que nos toca vivir. Salvo la salida de la pobreza extrema de varios cientos de millones de personas, sobre todo en el sur de Asia, ésta es la principal manifestación de la nueva Edad Dorada (Gilded Age), un periodo de enorme crecimiento económico, pero también de corrupción, avaricia y explotación.

Aunque personalmente me interesan más los casos de Facebook y Google, el mejor ejemplo para ilustrar este fenómeno es el de Amazon. Con valor de mercado de 1.7 millones de millones de dólares, más allá de ser el líder indiscutible del comercio por internet en el mundo, la empresa busca convertirse en el mercado mismo.

Eso, además de su aspiración, a través de Blue Origin, de controlar la naciente industria del turismo aeroespacial.

En un contexto mundial de desigualdad, destaca Estados Unidos, un país en el que en medio siglo la concentración de recursos en manos del top one percent –los mega ricos—paso, del 8 por ciento al 38.6 por ciento de la riqueza nacional, como explica el doctor Tim Wu en su libro “The curse of bigness”.

Jeff Bezos es el sucesor más visible de los grandes “industrialistas” que construyeron buena parte del Estados Unidos imperial durante las últimas tres décadas del siglo XIX:  Andrew Carnegie, John D. Rockefeller, Henry Ford, Cornelius Vanderbilt y el propio J. P. Morgan, los legendarios “robber barons” (capitalistas sin escrúpulos); en muchos sentidos, los padres del “capitalismo salvaje” que hoy padecemos.

Bezos es el hombre más rico del mundo –su fortuna personal ronda los 201 mil millones de dólares–, pero aún más importante: es quien mejor ha aprovechado las reformas legales que en los últimos 50 han abierto las puertas a modelo de negocio –operar con pérdidas hasta adueñase del mercado–, que tanto sirvió para el vertiginoso crecimiento de los grandes gigantes de la tecnología.

“Amazon es el titán del comercio del siglo XXI. Además de vender al menudeo, es una plataforma publicitaria, a red de distribución y logística, un servicio de pago, empresa de prestamos, casa de subastas, una enorme casa editorial (además es dueño del Washington Post), una enorme productora de televisión y cine, diseñadora de modas, fabricante de herramientas y uno de los principales administradores de espacio en la nube digital”, explicaba en 2016 la estudiante de la Universidad de Yale,  Lina M. Khan.

Fue ese mismo texto –“Amazon’s Antitrust Paradox”—el punto clave que llevó  al presidente Joe Biden a nombrarla, el pasado junio, directora de la Federal Trade Comission (FTC), instancia responsable de lo imposible: moderar la condición oligopólica y monopólica que han infectado las industrias farmacéutica, financiera, petrolera, telecomunicaciones, de medios y transportación aérea.

Junto con el profesor Wu y un puñado de académicos y activistas más, la doctora Khan, a sus 32 años, encabeza el grupo compacto formado por la Casa Blanca para intentar frenar en el terreno de la ley a los nuevos gigantes del dinero y el poder.

Tal como sucedió durante décadas con Walmart –que utilizó una estrategia de bajar costos y ofrecer sus productos a precios bajos en miles de pequeñas comunidades, hasta que llegó a controlar el mercado de venta al menudeo en varias regiones del planeta, ahora Amazon online vende más que Walmart en sus 10,500 tiendas.

Más allá del indiscutible talento personal de Bezos para aprovechas la irrupción de las nuevas tecnologías, es claro que hay más que contar que el cuento del pequeño negocio que fundó en 1994 en la cochera de su casa para vender libros entre las comunidades cool de Seattle y San Francisco.

Simplificando al extremo, la “receta secreta” sería algo así como lograr que el dinero especulativo –“los mercados”— mantuvieran un multimillonario flujo de dinero que por casi tres lustros le permitió operar su negocio con pérdidas, hasta que logró dominar el comercio electrónico. Y a partir del 2016, ahora sí, obtener ganancias gigantescas. Tan solo en el 2020, Mr. Bezos celebró su cumpleaños 58 con la noticia de que su negocio tuvo un crecimiento en sus ingresos de un 38 por ciento respecto al año previo. Gracias a la pandemia, por supuesto.

La fórmula no es propiamente nueva. Conocemos bien los casos de grandes empresas que, en nombre de la eficiencia de la economía a escala, “por el bien del pueblo” y con todo el respaldo y complicidad de los políticos que el dinero puede comprar –“no queremos un país de estanquillos”, decía Salinas– alcanzaron una condición dominante y hasta monopólica en su campo. Luego, conforme la competencia continuó borrándose como valor sagrado de la actividad económica, algunos de esos pequeños gigantes comenzaron a ser devorados por los conglomerados transnacionales. Claro, algunos de ellos se transformaron en fervorosos “nacionalistas”. Y así, hasta llegar al actual orden oligopólico y de desigualdad extrema.

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